
Diciembre 2017.
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Faltaban sólo tres días para el cumpleaños de Ona, y ella no mejoraba.
A cada momento tosía sin cesar y siempre se quejaba de dolores y vomitó un par de veces. Tengo que admitir que cada vez que eso pasaba, yo también me mareaba. Odiaba todo eso, siempre lo he hecho.
Incluso llegué a pensar que quizá debería enviar a Onasis con la señora Denali o con Alexis. Pero no, ellas nunca se preocuparían por Ona como lo hacemos Cameron y yo.
Al día siguiente de la visita de Eibhlin y Andie, decidimos llevar a Onasis al doctor. No se sentía nada bien y no parecía querer mejorar.
Onasis era igual a mí, odiaba los hospitales, no sé si por la misma razón que yo, pero mi razón era obvia. La sangre.
Siempre había gente por todos lados corriendo y gritando, llenos de sangre y llenando formularios y cargando agujas todo el tiempo. El olor de la sangre era inminente por todos lados. Eso era inevitable.
Cuando llegamos al hospital, Onasis estaba encogida en el hombro de Cameron, clavando su naricita en su camisa, luchando por dejar de toser.
Bethanny me tenía tomada de la mano, dándome fuerzas, ella sabía muy bien que yo no estaba para nada cómoda en aquel lugar.
Cameron tenía ojeras bajo sus ojos verdes. Había estado toda la noche despertando a cada momento para ver a Onasis, a pesar de que Bethanny estaba durmiendo con ella.
El hospital estaba atestado de gente, como dije, corriendo de un lado a otro. Arrugué la nariz en cuanto sentí el lejano olor de la sangre.
-Tranquila, puedes hacerlo- Me susurró Cameron al oído.
Yo aún no les había contado que Andie era bebedora de sangre. Me gustaba ese término, “Bebedora de sangre” sonaba mucho mejor que vampira o dhampira. Y nos hacía parte de la misma especie.
La clínica era bastante lujosa, todo era de color plateado y los doctores parecían flotar en pequeñas nubes de polvo. No, espera, eso último fue sólo consecuencia de mi repentina sed.
Mi padre había aceptado colaborar con nosotros para llevar a Onasis a un buen lugar, pues los que nosotros podíamos pagar eran bastante patéticos. Y yo siempre les he tenido miedo a esos hospitales públicos donde hay gente enferma en absolutamente todas partes y sientes que si cierras el puño en el aire, puedes sentir las enfermedades flotar y jugar con tus dedos.
Agradecí a mi padre por evitarme la molestia de tener que ir a esos lugares.
Bethanny parecía histérica, caminaba de un lado a otro buscando la manera de que vieran a Onasis lo más pronto posible.
Yo la acuné en mi regazo y la distraje de su malestar haciéndola jugar con Adrián. Me sentí bien al pensar que aún no debía cargar con Adrián en brazos a todos lados. Al menos eso fue bueno.
-¿Puede oírme?- Preguntó, juguetona.
-Claro que sí, puedes decirle lo que quieras-
-Hola Adrián- Tosió- Me duele la garganta Sam-
-Lo sé cariño, pronto te verá un doctor-
-Pero no me gustan Sam-
-Lo sé Ona, pero Cameron y yo estaremos contigo todo el tiempo. Te lo prometo- Besé su frente.
-Samantha, hablé con esa mujer, verán a Onasis en un rato, pero necesitan saber ciertas cosas-
-Yo iré- Dijo Cameron levantándose.
-Estás cansado Cam, déjame, yo iré- Me evitó levantarme y negó con la cabeza. Yéndose a hablar con la recepcionista.
-¿Estás bien cariño?- Preguntó Bethanny a Onasis.
-Sí tía. Lo estoy-
-Samantha, necesito hablar contigo-
Abrí la boca para responderle pero Cameron nos llamó, debíamos entrar a hablar con el doctor.
El doctor era un hombre pequeño y fornido, bastante simpático y con una sonrisa algo pícara. Nos saludó con una amable sonrisa y las manos en los bolsillos de su bata.
-¡Hola, hola! ¿A quién tenemos por aquí?- Miró a Onasis muy de cerca y le sujetó la nariz con dos dedos- ¿Cómo te llamas pequeña?-
-Onasis- Dijo, tímida.
-¿Onasis? ¡Qué nombre tan lindo! Yo soy el doctor Weeds- Ella le sonrió- Hola- dijo más serio, dirigiéndose a nosotros- ¿Cómo están?-
-Hola, bien gracias- Respondió Bethanny.
-¿Usted es la madre?-
-No,no, yo soy su hermana- Respondí.
-Genial- dio un pequeño aplauso y comenzó a ver a Onasis por todos lados. Ella no paraba de toser- Uy, esto no suena muy bien. ¿Dónde te duele?- Ella le señaló su pecho, su estómago y su barriga- Vaya, debe dolerte mucho-
El doctor estuvo un largo rato haciéndonos preguntas sobre Onasis y nosotros, sus padres y esas cosas. Después de hablar mucho, nos llevó a otra habitación, donde le iban a hacer un rápido examen para ver qué tan enferma estaba Ona, ya que no parecía ser una simple gripe.
Me permitieron estar con ella, pero hicieron que Cameron y Bethanny esperaran en otro lugar. Si hubiera sabido que iban a sacarle sangre, hubiera hecho que se quedara Cameron.
Sentaron a Onasis en una silla bastante extraña y una enfermera bastante odiosa le puso una liga en el brazo y una aguja en forma de mariposa. Ella ni siquiera se quejó.
Luego puso un tubo de plástico en la mariposa y un largo tubo de vidrio al final del otro tubito. De la mariposa comenzó a salir un montón de sangre hasta llegar al tubo, llenándolo poco a poco.
-Es linda- Dijo Ona al verla.
-¿Qué?- pregunté, algo sorprendida.
-La sangre- emitió un leve gemido, sosteniéndose la cabeza con la mano libre- Me duele-
-¿Mucho?-
-Sí, más de lo normal, Sam Estoy mareada-
-Todo va a estar bien, cierra los ojos, no pienses en la sangre-
Temí por mi hermanita, sabía que en ella era normal que se mareara al ver sangre, y también que le gustara verla. Pero no podía acostumbrarme a que Onasis fuera como yo. Simplemente me era imposible pensar o imaginar a Onasis bebiendo sangre.
-Sam, huele raro-
-Lo sé cariño, no pienses en eso, ya casi termina-
Me era difícil evitarle estas cosas a Onasis, ya que yo misma estaba algo mareada por el simple hecho de ver la sangre en el tubito trasparente.
-¿Cuánta sangre necesita?- Pregunté algo molesta.
La enfermera se limitó a lanzarme una mirada asesina, quitó la mariposa, tapó el tubo, le puso el nombre de Ona con papel y cinta adhesiva y se lo llevó.
-¿Por qué huele así la sangre?-
-¿Así cómo?-
-Huele delicioso- Miré alrededor, no quería que ninguna enfermera escuchara a Onasis diciendo que la sangre olía delicioso. Eso me parecía raro incluso a mí.
-Sí, lo sé, no te preocupes por eso, ahora vamos con tía Bethanny, anda-
Después de unos minutos de esperar, el doctor nos llamó a Cameron y a mí a su pequeña y acogedora oficina.
-Bueno, aquí dice- Leyó una hoja llena de letras estirando su brazo hasta más no poder- Qué extraño, parece que Onasis tiene muy poca sangre- Qué sorpresa.
-Sí, lo sabemos, es…algo de familia-
-Qué extraño- Agitó la cabeza- Bueno, la cosa es que Onasis tiene una enfermedad llamada tosferina, no es muy grave, pero puede llegar a volverse muy fastidiosa, Onasis debe quedarse internada en el hospital para observarla-
-¿Quedarse? ¿Por cuánto tiempo? Pero, ¡acaba de decir que no es grave!-
-Lo sé, pero como dije, puede volverse muy molesta, va a necesitar atención especial, creo que lo mejor es que se quede, aquí tenemos los medicamentos necesarios para curarla, pero creo que deberá quedarse un par de días-
-¿Par de días? ¡Pero si su cumpleaños es mañana! No puede pasar su cumpleaños número siete en un hospital- Cameron apretó mi mano. Debía calmarme, después de todo, era para el bien de Ona.
-¿Cree que es absolutamente necesario?- Preguntó Cameron muy serio.
-No absolutamente, pero es lo mejor para ella-
-¿Por cuánto tiempo sería?-
-No lo sé, todo depende de cuánto mejore en este fin de semana-
-¿Tiene que estar todo el fin de semana?- Estaba enloqueciendo, comenzaba a molestarme, mi sangre hervía sin razón alguna. Estaba molesta, movía mi pierna sin cesar, como si temblara.
-Sam, ¿estás bien?- susurró Cameron en mi oído mientras el doctor hacía unas cosas con Ona.
-No lo creo- Apreté los puños hasta que mis uñas dejaron marcas de sangre en mis manos- ¡Cameron, mañana es el cumpleaños de Onasis!- Dije en un susurro.
-¿Qué quieres que hagamos? ¿Quieres que Onasis enferme sólo para que pase el cumpleaños en casa?- Suspiró- Mira, haremos algo, hablaremos con tu padre, le reservaremos una habitación a Onasis para ella sola y así podremos invitar a tu padre y a las mellizas para que vengan a pasar el día con Ona. ¿Está bien?-
-¿Tengo elección?-
Eso me había convencido, estaba literalmente satisfecha. Pero seguí moviendo mi pierna y apretando mis puños, molesta.
-Samantha, cálmate, creo que debes salir, ve con Bethanny, relájate y vuelve. Debo llamar a tu padre-
-¿Qué? ¡No!-
-Hazlo-
Resoplé. No tenía porque excluirme de esa manera, quería estar con Ona, pero estaba molesta, sin razón alguna, estaba echando chispas. Literalmente.
-¿Samantha?- Bethanny se sorprendió de verme molesta, yo nunca me molestaba lo suficiente como para gritarle a los que me rodeaban, pero estaba a punto de hacerlo- ¿Samantha, estás bien?-
-No, creo…creo que debemos caminar, ven conmigo por favor-
-¿Qué pasa? ¿Onasis está bien?-
-Sí, Bethanny…Bueno, no, la dejarán hospitalizada, pero estará bien. ¡Vamos!-
-¿A dónde?- Frustrada, pisé fuerte y me fui- ¡Samantha!-
La ignoré y seguí caminando, pisando muy fuerte. Lanzando maldiciones por todos lados. Adrián comenzó a patear y moverse. ¿Qué? ¿En serio? ¡Pero si bebí sangre ayer!
Caminé un par de cuadras hasta que me cansé y aligeré el paso. Con las manos en los bolsillos de mi braga de embarazo con un adorable dibujo de Mickey Mouse.
Llegué a un pequeño centro comercial, entré y me di el lujo de una pequeña sesión de “vitrinas”. Vi tienda por tienda, así fuera de juguetes, libros, ropa o electrodomésticos (odio las tiendas de electrodomésticos)
Luego de un rato, entré en uno de los baños, me lavé la cara y me miré en el espejo.
Andie tenía razón, mi rostro estaba totalmente liso y pálido, más pálido de lo que había sido en mi adolescencia. Mi cabello era lacio, brillante, con hermosas ondas luego de mi cola de caballo. Mi pollina caía sobre mi frente haciéndome ver aún más infantil. Yo tenía las mejillas llenas, me parecía muchísimo a Ona, sólo que con la piel más pálida, los ojos más negros y la nariz más perfilada.
Yo era hermosa.
Así suene egocéntrico, odioso o chocante. Me veía hermosa y así me sentía. Me veía como si hubiera acabado de salir de la adolescencia. Con cuatro o cinco años menos de los que en realidad tenía. A pesar de mi abultado y redondo vientre, me veía muy joven.
Pensé en Andie, ella se veía mucho más joven que yo, a pesar de que tenía la misma edad que yo. Parecía una adolescente.
Me puse de perfil. No había notado el gran tamaño de mi vientre. Tenía sólo cuatro meses de embarazo, pero parecía que tuviera seis. Pensé en mi bebé, quería que fuera igual a Cameron. Sus ojos, su cabello, sus labios.
Aunque parezca ridículo. Cerré los ojos y deseé que así fuera. O al menos, que tuviera los mismos ojos de Cameron. Me reí sola. Me alegré de que el baño estuviera totalmente solo.
-Dios Mío Samantha, al fin te encuentro- Bethanny estaba jadeando, cansada.
-¿Qué sucede?-
-No quería que anduvieras sola por ahí. ¿Estás mejor?-
-Sí, gracias- Se acercó a mí y se lavó la cara.
Me fijé en sus ojos. Verdes casi fosforescentes, hermosos, brillantes. Su cabello era totalmente rubio, con ondas más pronunciadas que las mías. Su pollina caía sobre la mitad de su frente, haciendo que su rostro se viera más largo. No tenía las mejillas muy llenas, pero tenía los ojos largos y unas pestañas muy grandes, además de unas cejas finas y perfiladas que resaltaban su color de ojos. Bethanny era muy hermosa, pero aún así, se veía varios años mayor que yo, a pesar de que yo era mayor que ella por un par de meses.
-¿Qué sucede?- Preguntó sonrojada al ver que yo la estaba observando.
-¿No te has dado cuenta? Yo me veo mucho menor que tú-
-¿Me estás diciendo vieja?-
-¡No, Beth! Fíjate, yo no parezco de veintidós-
-¡No! Te ves más joven que yo- Hizo pucheros.
-Hay algo que no te he dicho-
-¿Qué pasa?- Dijo, preocupada.
-Andie…Andie es como yo. Pero es diferente, no sé, aún no lo entiendo. Parece que es hija de dos vampiros y es de sangre pura o algo así. Por eso se ve mucho menor que nosotras-
-¿Perdón?- Asentí- ¿Andie? ¿Vampiro? ¿Esa niña tonta?-
-Sí. Me dijo un par de cosas. También dijo que se irá pronto y dejará a Eibhlin, dice que siendo de sangre pura, no puede andar con humanos- Hice comillas con los dedos en “humanos”.
-¿Sangre pura?-
-Sí Bethanny, sangre pura-
-Qué extraño-
Me sorprendí al ver que Bethanny se tomaba el asunto de Andie muy a la ligera. Hasta yo misma me había sorprendido al saber que Andie era bebedora de sangre. Supongo que Bethanny se había acostumbrado a este tipo de sorpresas.
-Creo que debemos volver con Ona-
-Espera, quiero buscar algo-
La tomé de la mano, entrelazando nuestros dedos. Caminé por el pasillo hasta llegar a la tienda de juguetes. Bethanny me miró extrañada, pero sonrió.
Me di un gran postín mirando los peluches. Tomé dos de esos que tienen pequeñas piedras adentro. Una mariposa y una libélula. Ambas verdes, el color favorito de Ona.
Al salir, Bethanny parecía algo nerviosa. Yo estaba feliz, por primera vez en un largo rato, supuse que era por las hormonas del embarazo.
-¿Estás bien?- Pregunté, ya en camino.
-No, Samantha, hay algo que quiero decirte-
-¿Qué es?-
Bethanny miró alrededor, parecía decepcionada o perturbada, no estoy segura.
-No importa, te lo diré después- Estaba dispuesta a rogarle y pedirle que me lo dijera, pero estábamos a punto de llegar al hospital y la tensión comenzaba a atestarme.
Cuando entramos ya habían puesto a Onasis en su habitación. Limpia, brillante y muy plateada, como el resto del hospital. Bastante amplia y con un gran ventanal tapado con cortinas verdes. Genial.
-Oh, ¡mi pequeña! ¿Cómo estás cariño?- Corrí a abrazarla.- ¿Necesitas algo?-
-No, Sam, estoy bien, Cameron va a buscarme mis cosas a casa- Dijo, mirando las bolsas que traía.- ¿Qué es eso?-
-No te aguantas, ¿eh?- Saqué los peluches y se los lancé en el rostro, ella rió.
-¡Sam! Son muuuy lindos. Gracias- Los abrazó y volvió a acostarse.
-¿Sam?- Cameron estaba en el umbral. Parecía cansado. Me hizo una seña para que saliera un momento. Eso hice- Sam, voy a casa, buscaré un par de cosas de Onasis y las traeré, ¿puedes quedarte con ella?-
-Cameron, claro que puedo. ¿Qué sucede? Vamos, cariño, cálmate, creo que debes descansar. Tengo una idea, qué tal si Bethanny va contigo y tú te quedas durmiendo y ella nos trae las cosas ¿te parece?-
-No, Sam, tengo que volver, quiero estar con Ona-
-No te lo permitiré Cam, debes descansar cariño- Suspiró.
-Está bien, pero volveré al final de la tarde-
-Le diré a Bethanny que vaya por ti-
Puse mis brazos alrededor de su cuello y lo besé.
-Gracias por cuidar de Ona-
Me guiñó un ojo, sonriendo. Sus ojos tenían un opaco color marrón, que según he logrado aprender en todos estos años, significa que Cameron estaba a punto de quedarse dormido o desmayarse, y esperaba que no pasara lo segundo.
Me besó, luego se despidió de Adrián y llamó a Bethanny para irse.
Si se lo preguntan, no, no me preocupaba dejarlos solos. Confiaba en ellos más que en mí misma. Además, si Cameron hubiera querido estar con Bethanny lo hubiera hecho hace mucho. Y Bethanny ya me había demostrado con mucha claridad cuáles eran sus preferencias sexuales. Por así decirlo.
-¿Dónde está tía Bethanny?-
-Fue con Cameron a buscar tus cosas, Ona-
-¿Cuánto tiempo estaré aquí?- Onasis tenía la voz muy ronca, al parecer le dolía la garganta y le costaba un poco respirar, pero para ella era imposible quedarse callada mucho tiempo.
-Un par de días, no sé cariño-
-Pero mañana es mi cumpleaños-
-Lo sé, a ver, ¿qué quieres que te regalemos?- Pensó, poniendo un dedo en su mejilla y apretando los labios.
-Quiero tu relicario-
¡¿Qué?!
Mi relicario. Oh dios mío, que horrible me siento, ¡he olvidado mencionar mi relicario!
Hace varios años, no sé exactamente cuándo, sólo sé que fue un poco después de la muerte de mi madre. Cameron me regaló un relicario, muy hermoso. De color dorado, con una rosa en relieve. Ya que, en esos días Cameron solía regalarme una rosa blanca cada día.
Del lado izquierdo decía:
“No dejes que el mundo destruya la alegría que llevas en ti”.
Y del lado derecho decía:
“Te amo Samantha Christinne, siempre estaré a tu lado…Cameron Joel”
Yo siempre lo usaba, todos los días a toda hora. Sinceramente no entiendo como pude olvidar mencionarlo antes.
La cosa es que Onasis siempre lo había codiciado, pero yo no podía dárselo, era mi posesión más preciada.
-Ona, yo…-
-Sam, por favor- Suplicó, haciendo pucheros.
-Pero si te queda muy grande-
-Yo lo quiero-
Sus ojos brillaban, ella sabía que podía conseguir lo que quisiera de mí. Sobre todo en estas condiciones.
-Está bien- Dije, suspirando. Lo apreté con mis manos, recordando todas las cosas que pasamos Cameron y yo. Lo solté y se lo puse en el cuello- Ona, quiero que lo cuides, esto significa mucho para mí y quiero que lo atesores siempre. ¿Está bien?-
Ella asintió, tomando el relicario entre sus manos, sonriendo.
-Gracias Sam-
Al día siguiente, Cameron, Bethanny, Alexis, las mellizas, papá y yo estuvimos con Ona por su cumpleaños. Todos les dieron grandes peluches, flores y globos que quedaron en la habitación, para animarla.
A pesar de los medicamentos, Onasis seguía tosiendo y siempre se quejaba de dolor en el pecho y la garganta. El doctor decía que era normal, pero eso no evitaba que yo me preocupara.
-¿Está seguro que es normal?-
-Claro, señora Webber, puedo asegurarle que Onasis mejorará en poco tiempo-
Lo repetían y repetían cada vez que yo preguntaba. Pero, por alguna razón, yo seguía nerviosa.
Onasis cumplió una semana en el hospital. Yo me quedaba cada noche con ella, Bethanny iba a casa a veces, Cameron debía ir a la universidad y además, trabajar con mi padre.
Cada noche, me quedaba con ella, dormía a su lado, en un mueble de la habitación. Agradecí haber bebido sangre la semana anterior, y que, además, Adrián no tenía sed, y si le daba, no me sentía capaz de beberla de ninguna manera.
Por las noches, solía despertarme muchas veces para ver si Onasis estaba bien o si necesitaba algo. Simplemente no podía dormir bien. Pero prefería eso a no estar con ella.
A veces, a media noche, solía encerrarme en el baño del pasillo, salía al lobby o caminaba por el jardín aéreo del hospital. Donde lloraba, lloraba de miedo. ¿Qué sería de mí si Onasis no mejoraba? ¿Qué pasaría si mi hermanita estaba peor de lo que aparentaba?
Tenía tanto miedo. Ya había perdido a mi madre, a mi tía, a mi hija. Y casi había perdido a Cameron hacía mucho tiempo. No podía perder a mi hermanita. Simplemente no podía. Onasis era la alegría de mi vida, la razón de mi existencia. Le había prometido a mi madre cuidar de ella y eso iba a hacer. La amaba, y la simple idea de perderla me volvía loca.
-Ona, mi niña, mi pequeña niña. Mejórate cielo, vas a mejorarte. Anda, sé que has de hacerlo. Eres fuerte, sí que lo eres. Por favor mi niña, no he de vivir sin ti. Ona, yo sé que puedes, vamos. Hazlo- Solía susurrarle plegarias y súplicas a Ona al oído.
Y, aunque suene egoísta, deseaba volver a mi casa, concentrarme en otros problemas, en mi existencialismo, en todas las cosas monótonas y fastidiosas que siempre me agobiaban.
No quería tener que preocuparme por Ona. Nunca lo había hecho. Ella siempre había sido muy autosuficiente. Lo suficiente como para cuidarse ella sola, como para saber qué hacer en momentos de problemas, o como para poder controlar los nervios o la rabia.
Ésa era mi Ona. Mi hermanita de ocho años, madura, hermosa, autosuficiente, alegre, fuerte, creativa y brillante. Muy brillante.
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