miércoles 1 de febrero de 2012

Capítulo 17 - Crece y crece



Febrero

-¿Qué piensas que haría tu padre si ve a Nadinne?-
-¿Stephen?- Le corregí- No lo sé, y preferiría que no lo hiciera-
Bethanny, Cameron y yo estábamos en la cocina, sentados en los muebles hablando. Por alguna razón mi madre siempre desaparecía. Nunca estaba en casa; y Damián solía jugar con Onasis en el patio, con mi constante supervisión, claro.
-Hace mucho no veo a las mellizas, ya me hacen falta-
Al decir esa frase me sobresalté, escuché a Onasis gritar y reír, no me preocupé porque seguía gritando mientras corría hacia la cocina. Entró apresurada, sudando y con una sonrisa totalmente abierta y alegre. Pasó frente a nosotros como ignorándonos y comenzó a saltar intentando llegar a los cajones en la pared donde yo guardaba los envases y platos. Como no lo logró, corrió hasta la habitación tras la cocina y escuché como revolvía cajas. Nadie se movió hasta que apareció de nuevo con una caja algo grande para ella, corrió atravesando la cocina y salió de nuevo al patio.
Todos nos miramos confundidos, me parecía curioso pensar qué podría haber pasado para que Onasis gritara y corriera así. Miré a Cameron y me sonrió, se levantó y fue tras el rastro de mi hermanita, a ver qué rayos había pasado.
-Samantha, ¿dónde rayos pasa tu madre todo el día?-
-No lo sé Bethanny. Y preferiría que la llamaras Nadinne, o Charlotte. Pero la verdad no sé, ni me interesa-
-¿Cómo puede no interesarte?-
-No lo sé- Dije, encogiéndome de hombros- Simplemente no me interesa-
-¿No te da miedo que alguien pueda reconocerla en la calle?-
-Ella no tenía amigos aquí Beth, además, Charlotte no es una niña, y mucho menos una tonta, sabe cuidarse… Espero-
-¿Esperas? Esa no es una buena respuesta Samantha-
-¿Por qué me agobias con esto?-
-Me preocupa que alguien pueda reconocerla Samantha-
-¿Por qué? ¿Qué podría pasar? O, en ese caso, ¿en qué podría afectarnos a nosotros?-
-No sé Samantha, pero no quiero que pase algo por culpa de alguna de sus estupideces-
-¿Estupideces? ¿Qué te sucede Bethanny? ¿Desde cuando hablas así?-
-No me siento cómoda con la presencia de Damián y Charlotte, lo sabes. Aun no sé porque no les has dicho que se vayan- Suspiré.
-No quiero perder a mi madre Bethanny, no de nuevo-
Asintió y me sonrió.
Unos segundos después escuché la voz lejana de Cameron.
-No te dejará Ona-
-¿Puedo intentarlo?-
-Claro. Pero te lo advertí-
Luego de eso vi como Ona corría hasta la cocina y se plantaba frente a nosotras con las manitos en su espalda, una sonrisa pícara y balanceándose de un lado a otro. Me miraba con los ojos brillantes, algo me decía que lo que venía no era nada bueno.
-Sam- Dijo, aun sonriendo.
-¿Qué pasa Ona?-
-Encontré algo-
Subí la mirada y en el umbral de la cocina estaban Cameron, Damián y Charlotte mirándome con una sonrisa en su rostro, esperando.
-¿Qué pasa?-
-Ven papá, dámelo- Me sobresalté al escuchar a Onasis decirle papá a Cameron, pero no me molestó sino todo lo contrario- Mira mamá, ¡mira!-
No sabía si sentirme halagada o avergonzada porque mi hermanita me decía mamá, incluso pensé que lo hacía para manipularme, pero sabía muy bien que no era así, Cameron y yo éramos los padres de Onasis, y ella lo sabía. Me preocupaba más el hecho de que mi madre estaba allí, mirándonos a ambas, y Ona me había dicho madre a mí y no a ella. A ella ni la conocía.
Vi que Cameron le tendió una caja, la misma caja que Onasis había buscado minutos atrás, estaba cerrada pero tenía una de las solapas entre abiertas, por las que me asomé a ver.
-¡¿Una araña!?- Chillé- ¿De dónde la sacaste?- Ona se asustó, pero seguía firme, al contrario Cameron y Damián luchaban por no reírse en voz alta.
-La encontré allá atrás Sam, no te molestes por favor, la quiero conservar, te prometo que la cuidaré, y le daré comida, y jugaré con ella, y la bañaré, y le daré juguetes y la sacaré a pasear y la…-
-Espera, espera, espera. No puedes sacar a pasear a una araña Onasis, ¿y dónde la piensas tener? No la puedes guardar en esa caja, ¿cómo le darás comida? ¿vas a cazar moscas acaso? y no dejaré que la toques Ona. No, no me gusta la idea-
Miré hacia atrás y vi que Bethanny estaba encogida en su asiento, odiaba las arañas, y el simple hecho de saber que en esa caja había una, le atemorizaba.
-Pero mamá, es muy linda, ¡Cameron dijo que era niño! Ya le puse nombre mamá, se llama Carlos-
-Ona… No puedes conservarla-
-Vamos Sam, mañana conseguiremos donde conservarla y la podemos llevar al veterinario-
-¿Y si es venenosa? ¿Y si se escapa? No necesito una araña tan enorme corriendo por mi casa tan libremente como se le de la gana Onasis-
Y es que me daba asco la imagen de esa araña sobre mi cama. Era inmensa, más grande que mi mano, de unos veinte centímetros. Negra y con rayas naranjas en las muchas, muchas patas. Y peluda, muy peluda.
-Yo me hago oficialmente responsable de… Carlos- Me sobresalté al escuchar a Damián diciendo eso, ¿de qué rayos hablaba?
-¿Qué?-
-Sí, yo me hago responsable de él- Lo miré con odio, no, yo no quería una araña en mi casa.
-Vamos mamá, por favor por favor por favor- Me abrazó las piernas y saltaba constantemente. Miré a Bethanny.
-Ona, Bethanny les tiene mucho miedo a las arañas, y recuerda que ella duerme contigo cariño-
-Tía Bethanny, por favor, ¡No le tengas miedo! Carlos es inofensivo, es bonito, ¡míralo! ¡Míralo!- Tomó la caja y se la acercó tanto a Bethanny que ésta se encogió.
-¡No Ona! No me lo acerques, por favor. No quiero eso en mi cuarto-
-¡Pero no es tu cuarto! ¡Es mío! ¡No es justo, regresa a tu cuarto entonces!-
-¡Onasis! Sabes que no puede, Charlotte y Damián están durmiendo allí-
-¡Entonces que se vayan a su casa!-
-¡Ona!- La reprendí.
-¡Onasis! ¿Te estoy ayudando y me hechas de tu casa?- Dijo Damián, riendo.
-¿Oops?- Ona se encogió, avergonzada.
-¿Qué te parece si la tenemos en el ático?-
Me molestaba que Cameron se mostrara tan abierto ante la idea de la mascota de Onasis. Me parecía horrendo que la primera mascota de mi hermanita fuera una araña tan grande, no era una mascota digna de una niña de ocho años.
-Ona, ¿no quieres un gato, un perro o un pajarito?- Negó con la cabeza y se aferró a la caja, acercado su carita a la rendija que estaba abierta- ¡No te le acerques!- Suspiré.
Miré a Bethanny, que seguía encogida, me miró y se encogió de hombros.
-Vivirá en el ático- Mi hermanita sonrió tan alegre que sentí que sus ojos le brillaban como linternas y me sentí feliz yo también- No quiero que la toques, mañana mismo la llevarán al veterinario, o a donde sea, quiero que averigüen si es venenosa, qué come y todo lo que puedan, también vas a comprarle la caja donde va a vivir y busquen que le van a dar de comer. No quiero tener que preocuparme por… Carlos, no quiero que fuerces a Bethanny a verla o a tocarla, y si hay que hacerle algo, lo harán Cameron o Damián-
-¿Más nada?- Se burló Damián. Lo miré con rabia y alcé una ceja.
Onasis gritó, chilló y saltó tanto que tuve miedo de que se le callera la caja y la araña saltara por todos lados y Bethanny se desmayara o le pasara algo peor.
-¡Tranquilízate! Ahora sube y acomoda a Carlos, y que Damián y Cameron te ayuden-
Ona subió, feliz, con ambos tras ella. Yo me quedé en la cocina con Bethanny y mi madre. La palabra “mamá” seguía flotando en el aire.
-¿Ves? No necesitabas a Saria o a Joel, tienes a Onasis- Miré a mi madre, ¿en serio había dicho eso?
-¿De qué hablas?-
-Es tu hija Samantha, te dijo “mamá”-
Abrí la boca pero no sabía que responderle, quise refutarle y de alguna manera decirle que no, que Onasis era su hija, no mía. Pero la imagen de mi madre abrazando a aquel hombre arremetió mi cabeza antes de que yo pudiera decir cualquier otra cosa.
-¿Quién es Jeff?- Pregunté de súbito, mi madre se sobresaltó y abrió los ojos hasta el punto que parecían un par de platos.
Sentí como sus pensamientos volaban de un lado a otro en tan solo un segundo, preguntándose como responderme.
-¿Quién?- Dijo al fin.
-Jeff es el padre de Onasis, ¿cierto?- Como no respondía, opté por preguntar otra cosa -¿Dónde está?-
-¿Quién?-
-No te hagas la tonta Charlotte, respóndeme- Suspiró.
-Vive del otro lado de la ciudad-
-¿Hace cuánto no lo ves?- No me respondió y entonces supe. -Con él estás cuando no estás aquí- Abrió la boca para responder y subí un dedo – No fue una pregunta.
-¿Qué hay con eso?- Me sorprendió ver que mi madre se defendía por una vez. Pero aun así, todavía estaba confusa y asustada de mi reacción.
-¿Por qué no te vas con él?-
-¿Quieres que me vaya?-
-¿Por qué no te vas con él?- Repetí. Lo pensó y apretó los labios.
-Quiere que recupere a Ona-
-¡No me la vas a quitar!- Sentí como las palabras llegaban a mi boca, listas para hacer y decir lo que fuera necesario para que Charlotte no pensara si quiera en llevarse a mi hermanita de mi lado.
-No lo haré Sam. Pero no puedo irme con él si no tengo a Onasis conmigo-
-Pero… él no la quería- Se encogió de hombros y siguió apretando los labios, como si no quisiera decir más nada.
Así como apareció, mi madre volvió a salir. Bethanny y yo nos quedamos viéndonos, pensando ¿por qué quería Jeff a Onasis ahora y no antes?



Un par de días después, Damián y Cameron llevaron a Onasis y a su nueva mascota, Carlos, al veterinario, quien le había dicho a mi hermanita que su amiguito era una araña lobo, de las más grandes, peludas y horribles arañas que hay. Por supuesto, eso no hizo más que alegrarla, sobre todo porque esto también incluía el hecho de que también era venenosa, bastante venenosa. Pero, por alguna razón extraña, Cameron y Onasis lograron convencerme de que Carlos no causaría problemas estando encerrada en su cajita de vidrio.
Y claro, yo les creí.

Capítulo 16 - Detrás del humo


Enero
-Sam, ¡Sam!-
Abrí los ojos, estaba acostada sobre un duro, áspero y frío. Sentía el rostro caliente, como si me asfixiara o tuviera un encendedor en la mejilla.
-Sam, estás bien, vamos despierta-
Entorné los ojos, Damián tenía su mano en mi mejilla. Me levanté y sentí como mi rostro volvía a tener su temperatura normal.
Estábamos afuera de la casa en ruinas. Damián me ayudó a levantarme y recordé todo lo que había pasado.
-¡Saria! ¡Damián, era mi hija! ¡Esa era mi hija!-
-Lo sé Samantha-
-Ella está muerta Damián, ¡Ella no nació!- el suspiró, como si no tuviera respuesta a aquello -¿Dónde está? ¿Qué pasó?-
-Te desmayaste, fui a ayudarte y ambos desaparecieron-
-Ambos. ¡Adrián! Damián, mis hijos están vivos-
-¡Tus hijos no nacieron! ¡Y esa niña tenía cuatro años Samantha, tu perdiste a tu hija el año pasado!-
-Ellos están vivos Damián. Yo los vi, tú los viste-
-No tienes la certeza de que ellos eran tus hijos-
-Una madre reconoce a sus hijos así nunca los haya visto Damián-
Miré la casa. La ventana en la que había visto a mi hija estaba ahora vacía. No había nadie, ya no escuchaba nada.
-La viste, ¿verdad? No fue un sueño, tú la viste. A ambos-
-Sí- Dijo, suspirando.
Me planté delante de aquella inmensa y ahora vacía casa. ¿Qué había pasado? ¿Quién era esa niña? ¿Era realmente mi Saria?
Yo no podía estar volviéndome loca, no podía. Damián los había visto, y esa era la misma niña que yo había visto en mis sueños cuando perdí a Adrián.
Allí no había nadie, lo sabía. En aquella casa solo quedaban los fantasmas de aquellas personas.
Una idea loca me llegó a la cabeza. ¿Y si lo que habíamos visto no era más que una coincidencia? ¿Y si no eran mis hijos sino los fantasmas de los que vivieron en aquella casa?
Reí para mis adentros. El simple hecho de pensar en fantasmas me hacía sentirme ridícula. Pero lo que yo era y lo que habíamos visto me hacía pensar que cualquier cosa era válida. Incluso los fantasmas.
Caminé hasta la puerta, decidida a investigar y levantar cada gramo de polvo que me indicara si esos niños habían vivido allí alguna vez. Estaba dispuesta a quedarme el resto de la noche y todo el día si era necesario para encontrar alguna señal sobre aquellos niños.
Pero, la niña de aquel cuadro tenía los ojos grises y el cabello dorado. Para tener semejantes rasgos, sus padres tenían que ser rubios. Y, para que sus padres fueran rubios, su familia tenía que ser rubia. Era casi imposible que en esa familia hubieran niños como los que había visto en aquel ático.
Subí la mirada forzando un poco mi cuello. Puse la mano en la puerta y cerré los ojos.
Esos eran mis hijos. Yo lo sabía.
-¿Piensas volver a entrar?- Preguntó Damián. Él sabía que yo no tenía la intención de hacerlo así que no se preocupaba.
-No- Negué con la cabeza rápido- Esos eran mis hijos. No necesito pruebas-
El suspiró y me hizo un gesto con la cabeza para que nos fuéramos. Asentí. Era tarde, muy tarde.
Miré a mi alrededor y fue cuando me percaté de que el sol estaba saliendo. Caminé un poco y me senté a la sombra de una de las casas frente al alba. Damián hizo un gesto reprobatorio pero luego se sentó junto a mí. Estiró una pierna y sacó de su bolsillo un paquete de cigarros, encendió uno y me ofreció el otro. Dudé y me negué.
Encendió el cigarrillo, lo inhaló y expiró el humo, que entró por mi nariz y me quemó la garganta. Me recosté en la pared y miré como el sol salía lentamente.
El cielo tenía una combinación exquisita de colores desde el azul hasta el anaranjado, haciendo un arcoíris infinito de colores cruzados. Era hermoso.
Siempre había amado el alba, aunque también me hacían sentirme nostálgica y solitaria en momentos como éste. Momentos que me encantaría pasar con Cameron o Bethanny. O mi hermanita.
-¿Cómo lo haces?- Preguntó, interrumpiendo mis pensamientos.
-¿Qué?- Respondí, sin despegar la vista del cielo.
-¿Cómo logras que Cameron no te odie cada vez que te escapas con tu amiga?-
-¿De qué hablas?- Abrí la boca para proferir un millón de palabras incoherentes pero me detuve- Sólo lo hice una vez-
-Y Cameron te perdonó-
Me encogí de hombros. No tenía ánimos para hablar de aquello.
-Tú… ¿Tú sabes quién es el padre de Onasis?- Negó con la cabeza.
-No, no lo conozco. Desde que conocí a Charlotte, pasó mucho tiempo para que me contara por qué había huido de su familia. Al final, me dijo lo que había pasado y que el padre de Ona era su antiguo compañero de caza. Nunca me dijo su nombre-
…Compañero de caza…

-Samantha. Despierta, es tarde- Abrí los ojos. El cielo sobre mí estaba blanco. Muy blanco.
Me levanté y vi que estaba en mi casa, en mi habitación. ¿Cómo había llegado ahí?
-Cameron-
Vi que sus ojos tenían un agridulce color verde brillante. Sentí que había algo que le molestaba y le dolía, pero que le encantaba tenerme a su lado.
Algo en su mirada me hizo querer llorar.
Me lancé sobre él y lo abracé lanzándolo sobre la cama conmigo encima.
-Lo lamento tanto. Te amo, te amo Cameron, no me dejes jamás, no me dejes, por favor, no lo hagas, te amo-
El rió y vi que la luz de la ventana caía sobre su rostro y sus ojos eran grises de nuevo. Me vio a la cara y sonrió.
-Lo sé Samantha- Puso sus manos en mi mejilla y me besó.
Me dejé caer sobre él y me acomodé entre sus brazos y hundí mi rostro en su cuello, inhalando su olor a vainilla. Ese olor que tanto me encantaba.
Me abrazó, apretándome de una manera tan posesiva y cariñosa que me hizo saber que Cameron tenía miedo de perderme, y me perdonaba porque me amaba y no quería que absolutamente nada nos separara. Nada.
Me levanté sobre mis brazos y puse mi mano en su mejilla.
-Cameron- Dije, sentándome, seguida por él –Pasó algo anoche-
El ambiente cambió, él tuvo miedo, miedo de que le dijera que había vuelto a traicionarlo, y me sentí realmente feliz de que eso no hubiera pasado.
-No, no es eso…- Suspiró y alzó las cejas- Salí a… Salí con mi madre y Damián en la madrugada-
Sabía que no le gustaba la presencia de Damián en todo esto, y decidí seguir para que no siguiera pensando erróneamente.
-Estuvimos hablando, luego escuché a una niña riendo, comencé a correr buscando a la niña, Damián me seguía, llegamos a… ¿Recuerdas la casa que se incendió hace unos veinte años y que nadie nunca quiso arreglar ni reclamar? Bueno, llegamos allí y entramos a la casa y vimos un cuadro de una niña y todo estaba destrozado y subimos al ático y vi a una niña y a un niño. ¡Era Saria, Cameron! ¡Eran Saria y Adrián!-
-¿Qué?- Su voz sonó como un chillido. Yo hablaba casi sin respirar y le había soltado lo más importante sin pensar en cómo decírselo -¿De qué estás hablando Sam?-
-En el hospital, cuando perdí a Adrián, los vi a ambos, y Saria me habló y me dijo que ambos estaban bien. Era ella, yo la vi, no hacía más que forzarme a verla y decirme que estaba bien, que ambos estaban bien-
-¿Alguien más la vio?-
-Sí- Él suspiró y apretó los ojos. –Es hermosa- Dije, más para mí que para él.
Me miró, sus ojos brillaban, tristes, yo sabía que él quería haberlos visto y haber estado conmigo.
En un acto reflejo me dejé caer sobre él y apoyé mi cabeza en el hombro de Cameron, mientras él me envolvía con sus brazos y jugaba con mi cabello.
La puerta se abrió y sentí como Cameron se tensaba, pero yo no pensaba moverme, estaba bastante cómoda allí, entre sus brazos.
-¿Sam?- Su dulce voz me hizo sonreír. Mi hermanita estaba despertándose. -¿Estás bien?-
Cargaba entre sus brazos el gran peluche de mariposa y tenía puesta una pequeña bata color rosa que cubría sus brazos y sus piecitos descalzos. Se estrujó los ojos y corrió hacia nosotros. La cargué y la puse entre nosotros, abrazándola.
-Todo está bien Ona, ¿Dormiste bien?- Asintió y me miró, sonriendo.
Sus ojos brillaban y tenía la sonrisa más hermosa que había visto en toda mi vida. Se lanzó sobre mí y puso sus bracitos alrededor de mi cintura, hundiendo su rostro en mi vientre.
-¿Dónde estabas? Vine anoche y no estabas aquí-
-Salí por un rato con Damián y Char… mamá-
-Sam… ¿Ella es mi mamá?- Suspiré y la miré con lágrimas en los ojos.
-Sí Ona, ella es nuestra mamá-
-No Sam, tu eres mi mamá- Dijo eso y hundió su carita en mi estómago, abrazándome más fuerte.
Las lágrimas llegaron a mis ojos y no pude luchar por detenerlas, pero logré sofocar los sollozos. Miré a Cameron, suplicándole que me ayudara, que me dijera qué hacer o que decir.
Yo era la madre de Onasis, siempre lo había sido. Pero también era la madre de Saria y de Adrián, aunque no estuvieran vivos. Además, me dolía que Onasis no aceptara que la mujer que nos escuchaba desde el piso de abajo era su madre, y que me dijera a mí que yo lo era.
-Ona, ven- Cameron la tomó por la cintura, la sentó sobre su regazo y la acomodó para que ambos pudiéramos verla- Mira, la mujer que está allá abajo es tu madre, tu mamá. Samantha no es tu madre, es tu hermana. Char… Nad…- Suspiró- Ella tuvo que irse, pero ya volvió, está aquí, es tu madre y te quiere, y tienes que tratarla como tal-
Ona lo miraba hacia arriba, confundida, pero luchando por digerir la información y tratar de hacer lo que Cameron le pedía. Asintió y me miró a mí. Yo le sonreí y asentí.
Se levantó de un salto y salió dando tumbos de la habitación. Quise sonreír y ser feliz por mi pequeña pero no pude, no cuando la energía de la casa cambió tan bruscamente.

<<“Brilla, brilla dulce estrella, y jamás dejes de brillar, camina hacia donde haya viento para que siempre puedas respirar…”>>

Sentí un gran vacío en mi estómago, como si todo diera vueltas.
La imagen de mi hija frente a mí y de mi Adrián escondido entre las sombras del ático me mareó.
Mi hermanita estaba cantando la canción que tan sólo anoche había escuchado cantando a mi hija. Me sentí extrañada, Onasis nunca cantaba esa canción.
-¿Por…Por qué Onasis está cantando esa canción?-
-Anoche se la canté, tenía pesadillas y vino por ti, cuando no te vio quiso llorar y le dije que se quedara aquí conmigo y le canté esa canción. Te había escuchado cantársela antes así que… ¿Qué pasa?-
-Saria…Yo…-
Quise chillar y patalear como lo harían Genniee o Jessica. Me tiré boca abajo a la cama y comencé a chillar y a pegarle al colchón con los puños. Cameron rió y me sujetó los brazos y besó mi nuca.
-Tranquila. Ven, hay que bajar-
Pero yo tenía sueño, estaba cansada. No por no haber dormido sino por todo lo que había pasado aquella noche.
-Ve tú, no dejes sola a Onasis- Asintió y yo hundí mi cabeza en mis montones de almohadas.


-Tengo que hablarte-
Mi madre habló, pero no sonaba triste ni amenazadora, sonaba como la mujer que solía ser cuando yo aún la consideraba viva.
Todo se iluminó y me vi en el medio de una calle totalmente vacía, era un callejón sin salida. Mi madre estaba parada allí, como si no me viera, como si yo no existiera, mirando hacia una de las esquinas donde la oscuridad prevalecía.
-Hazme el maldito favor de aparecer, Jeff- Me sorprendí de escucharla hablando así, aún no me acostumbraba a su nueva forma de ser.
¿Pero de qué demonios hablo? La mujer que tenía al frente era la hermosa, brillante e inocente madre que yo había tenido alguna vez. Vistiendo colores pasteles, con el cabello largo y suelto, y una hermosa mirada sensible.
Yo estaba viendo a una mujer que había muerto hacía años.
-Hasta que apareciste- Dijo, volviendo a ser la adorable mujer que yo había amado alguna vez.
Me quedé allí parada, esperando a que apareciera el tal Jeff. Pero no pasó nada hasta que desde el borde del edificio sobre nosotras alguien saltó y calló ante ella con la suavidad de un felino.
Me estremecí, yo sabía quién era. Lo sabía muy bien.
-Nadinne- Dijo, expresando una suavidad y una ternura que su rostro no era capaz de transmitir.
Lo miré de arriba a abajo y cuando miré sus ojos ya no pude parar. Era alto, muy alto. Con una contextura gruesa y piel tostada, su sonrisa era desafiante, aterradora y encantadora al mismo tiempo. Miraba a mi madre con el cariño que sólo ella se merecía obtener. Él la amaba.
Mi madre corrió hacia él y se anudó a su cuello mientras él la estrechaba hacia sí con deseo. Vi como una pequeña lágrima se deslizaba por la mejilla de mi madre.
Se podía ver desde lejos que no se habían visto en lo que para ellos era demasiado tiempo.
-¿Dónde habías estado?-
-No había podido venir-
-Te dije que ayer…-
-Lo sé Jeff-
Él suspiró y tomó su rostro entre sus manos, acercándola lo suficiente para besarla.
Caminé indiscretamente hacia ellos y me puse tan cerca que podía sentir sus respiraciones agitadas y sus corazones latiendo al mismo ritmo. Era increíble lo mucho que se amaban y lo fácil que se percibía.
-Jeff- Mi madre se apartó y yo hice lo mismo. –Necesito hablarte-
Sus ojos se llenaron de preocupación mientras que los de mi madre tenían miedo, mucho miedo.
-¿Qué pasa? Háblame, ¿qué pasa Nadinne?-
-Estoy embarazada Jeff-
Un escalofrío recorrió mi cuerpo, pero no por la noticia, sino por la facilidad con la que el rostro de Jeff se mutaba y demostraba un odio, miedo y poco interés como yo jamás habría pensado que sería capaz de sentir.
Alzó una ceja y la miró directamente a los ojos, esperando una respuesta.
-Estoy embarazada Jeff- repitió- Embarazada, ¡Y es tu hija!-
-¿De qué hablas?- Dijo, sin inmutarse.
Ella tomó su mano y la puso sobre su vientre.
-Lo sabes Jeff, sabes que es tu hija, lo sabes-
-No es mío-
-¡Claro que lo es!-
-Pues no sé qué quieres que haga al respecto-
Ella alzó su mano y lo abofeteó con todas sus fuerzas.
-Nada Jeff, no harás nada. Pero es tu hija y lo sabes-
Se dio media vuelta y subió por las escaleras del edificio para correr por el techo y desaparecer de nuestra vista.
Jeff bajó la cabeza y suspiró. Yo sabía muy bien lo que él estaba sintiendo, era tan prohibido como amado. Él la amaba y deseaba estar con ella y con su hija, pero no podía. Ambos sabían que ella jamás dejaría a mi padre por él.
Dio varios pasos hacia atrás, pegando su espalda a la pared, alzó la vista, apretó la mandíbula y formó un puño con su mano, para levantarla y pegarle a los ladrillos, que se fracturaron y cayeron en pequeños granos de arena.
Jeff fijó su mirada en mí, pero no me veía, miraba a través de mí. Por instinto miré sobre mi hombro, pero no había nada.
Estornudé, lo que me sorprendió porque se supone que todo esto era un sueño, ¿no?
Miré a mí alrededor, había humor por todos lados. Mi vista se nubló y no pude ver más.

Desperté y abrí los ojos, no podía ver nada.
-¿Cameron?-
Tosí un par de veces, estaba asfixiada. Podía escuchar un extraño sonido proveniente del piso de abajo. Algo estaba realmente mal.
-¿Cameron? ¡Onasis!-
El humo comenzaba a subir a montones, algo estaba quemándose y no podía conseguir a nadie.
-¡Cameron! ¡Onasis! ¡Mamá! ¡Damián! ¡Bethanny! ¡Alguien!- No podía levantarme de la cama, estaba presa del pánico y me escocían los ojos.
Comencé a llorar de impotencia, suspiré y corrí hasta la habitación de Onasis gritando todos los nombres que me venían a la cabeza.
Nada, no había nadie allí. Corrí a la de Bethanny y tampoco había nada. Recorrí cada habitación de arriba abajo buscando a alguien, quien fuera. Pero no había nadie, me habían dejado sola.
Presa del pánico, comencé a llorar. Gritando el nombre de Cameron una y otra vez. Finalmente decidí bajar, pero las escaleras estaban comenzando a quemarse. Respiré y decidí calmarme. Tenían que estar cerca, no pudieron haberme dejado sola, no, era imposible.
Apreté los ojos y los puños. Tenía que Salir de ahí. Bajé las escaleras que aún quedaban de pie y salté por el barandal para caer en el primer piso.
Totalmente rodeada de fuego.









Las llamas crecían y se movían de un lado a otro destruyendo todo a su paso. Como si nada lo detuviera, como si no le temiera a absolutamente nada.
El sonido, el olor, el color. Era totalmente hermoso. Como crecía justo enfrente de mí, sin percatarse siquiera de mí presencia. Me envolvía la facilidad con la que crecía y se movía, era simplemente hermosa.
Las llamas crecía y justo enfrente moría yo. El humo traía consigo los recuerdos de una vid que no era la mía, como si hubieran miles de cosas que yo aún debería saber, sobre mi madre, sobre mi hermana, sobre su padre, sobre la vida que debía llevar y sobre todo lo que me faltaba por pasar.

-No lo haré-
-Jeff, ¡Por el amor de Dios!-
Mi madre gritaba, histérica, al padre de mi hermana.
Estábamos en mi casa, mi antigua casa. Jeff nos daba la espalda golpeando una y otra vez la mesa de granito con el puño.
-¡No es mi hija!-
Mi madre corrió hacia él y tomó su rostro entre sus manos y los acercó tanto que parecían una sola persona, respirando el mismo aire, llorando las mismas lágrimas, con sus corazones latiendo al mismo ritmo. Extrañándose el uno al otro a pesar de su cercanía.
-Mírame Jeff, no quiero vivir en una mentira. No puedo. Quiero que aceptes que es tu hija y que formes parte de su vida-
-¡No puedo hacerlo! No… No si Steven sigue en tu vida-
Jeff juntó su frente a la de mi madre y sus rostros quedaron unidos.
-Te amo Nadinne- Dijo, apretando los ojos.
Mi tía apareció en la escena, con la mirada sombría y una cara de pocos amigos. Tuve ganas de ponerme a llorar y congelar aquella escena para siempre, sólo para poder verla a ella.
Mi tía, la mujer que me había criado y amado por tanto tiempo. Mi verdadera madre, mi difunta tía.
Rompí a llorar y el recuerdo se debilitó al punto de que casi dejé de verlo todo. Apreté los ojos y me enfoqué en ver qué seguía.
-Jeff, es hora de irte-
-Rachel-
-Rachel espera- Mi madre la miró y le pidió clemencia con la mirada.
-Ya has causado suficiente, tienes que irte, Sam ya está por llegar- Me estremecí.
-Rachel…-
-Nadinne- La voz de Jeff retumbó en la cocina, haciendo eco- Lo haré…-


Volví a la realidad y el fuego casi me consumía, pero no quería moverme, por alguna razón sentía que no pretendía hacerme daño, sino al contrario; pretendía protegerme.

Todo estaba completamente oscuro, mis oídos captaban el sonido de sus respiraciones, suaves y agitadas al mismo tiempo. Estaban allí, ambos, parados en el centro de la habitación mirándola dormir.
-Es hermosa- Dijo Jeff con la voz suave, llena de ternura, mi madre se limitó a suspirar –Desearía… Desearía poder cargarla- Ella lo miró con reproche, pensando <>
Onasis tenía tan sólo unas semana de nacida y dormía en su cuna, sola, inocente y hermosa. Ajena a lo que estaba sucediendo justo frente a ella.
Pensé en la ironía de la situación; en que yo solía decirle a Ona que nuestra madre nos miraba desde la esquina de la habitación. Jamás hubiera pensado que en realidad era así.
-Nadinne yo…-
-Shhh, mira-
Mi madre señalo a Ona con un dedo y ambos volteamos a verla. Me acerqué y pude ver como Onasis se revolvía y suavemente abría los ojos poco a poco para mirar a mi madre con la sonrisa más hermosa.
Ona estiró sus manitos y mi madre, con lágrimas escurriendo, la tomó en brazos y la abrazó como si fuera ese el último abrazo que fuera a darle.
Miró a Jeff y se la dio, Onasis se amoldó fácilmente a sus brazos y cerró los ojitos con la mayor de las ternuras.
Ona estaba con su padre, con su verdadero padre. Y lo sabía.

Las llamas comenzaron a crecer justo en frente de mí y todo se volvió más confuso. Me descubrí a mí misma llorando y supe que eso no me permitía ver.
Frente a mí, decenas de imágenes y voces comenzaron a correr sin compasión bombardeándome. Dejándome a mí todo el trabajo de interpretarlas.


-Jeff, ¡Es mi hija!-
-Ya no puedes volver-
-¡La necesito!-
-Fue tu decisión Nadinne ¡Ya no tienes nada que hacer ahí!-

-La necesito…-

Las escenas se detuvieron bruscamente y me encontré en una calle muy transitada, donde, de un lado, un niño jugaba con sus pies tirado en el piso, estaba sucio y desaliñado, pero me inspiró amor.
Me acerqué y noté lo que realmente hacía, tenía algo en la mano, algo que escondía y protegía. Vi como un líquido rojo brotaba de sus manos y el niño lo bebía.
Era sangre.
Sentí la presencia de alguien detrás de mí, mi madre apareció con una postura autoritaria y voz firme, a pesar de que sus ojos demostraban que seguía siendo esa mujer dulce e increíble que yo había conocido.
-Neil- Dijo, como si lo conociera de toda la vida, aunque yo sabía que no era así.
El niño la miró extrañado, rompiéndose los dedos con las uñas para beber de su propia sangre.
Lo reconocí por su mirada… Era Damián.
-Ven- Se agachó y le tendió la mano, acariciándole los sucios y despeinados cabellos- No tenemos tiempo que perder-
-¿Quién eres?- Su voz sonaba tímida, apenada, como si estuviera acostumbrado a que lo rechazaran y le pareciera extraño que una mujer como mi madre quisiera su compañía.
-Mi nombre es… Charlotte, cariño - Dijo, dudando- Vamos, hoy un lugar a donde debo llevarte…-


El fuego se disipó lentamente, como si hubieran apagado el oxígeno y simplemente no pudiera seguir ardiendo. Sin dejar ni mínimo rastro de su existencia tras él.
Como si nada hubiera pasado.





Me quedé allí, parada en medio de la sala mirando el lugar donde hacía menos de un minuto habían estado llamas ardiendo justo frente a mí.
Todo estaba vacío, como si no hubiera pasado nada. Como si las escaleras no se hubieran destruido o si las vasijas y las estatuillas no se hubieran derretido, como si los espejos no se hubieran manchado o el piso resquebrajado. Todo estaba intacto, como si hubiera sido un sueño.
Sentía que me estaba volviendo loca. ¿Había alucinado? ¿Cómo rayos había visto todo eso? Mi madre, Jeff, Damián, mi tía. Todo era tan confuso…
-¿Samantha? Samantha, ¡Samantha! ¿No me escuchas? ¿Qué rayos te pasa? ¡Tengo veinte minutos gritándote!-
Y ahí fue que caí en cuenta de que Bethanny estaba delante de mí, sacudiendo sus manos frente a mi rostro gritando mi nombre y sacudiéndome por los hombros.
-¿Qué? ¿Ah?-
-¡Rayos Samantha! Creí que tenía que buscar a los refuerzos cariño ¿Qué te pasó?-
-Nada, estoy bien Beth… ¿Dónde está mi madre?-
-No lo sé cariño, pero su amiguito está afuera-
-¿Y Cameron? ¿Dónde está Ona?-
-Salieron a caminar, Onasis quería ir al parque. ¿Segura que estás bien?- Asentí y salí de la casa. Dispuesta a encontrar la verdad detrás de mis alucinaciones.
Miré afuera, Damián estaba sentado en la acera con la vista fija en el camino. Me acerqué a él y no pareció darse cuenta de mi presencia.
-¿Neil?- Se estremeció, como si hubiera visto a un fantasma. Su respiración se detuvo y volteó la cabeza lentamente hasta donde estaba yo, sobresaltándose por mi cercanía. Apretó los ojos, tragando saliva.
-¿Quién…?-
-Es tu nombre… ¿verdad?- Asintió, tenía los ojos como platos y la boca entreabierta. Me senté a su lado y le sonreí con algo de condescendencia.
-¿Cómo sabes mi nombre?-
-No lo sé, desde que llegó Charlotte me han pasado cosas tan extrañas…-
-¿Qué cosas?- Me encogí de hombros y negué con la cabeza, como diciéndole que no quería hablar sobre eso. -¿Por qué le dices Charlotte? ¿No deberías decirle mamá o algo?-
-Charlotte no es mi madre, Neil-
-Por favor, Samantha, no me digas Neil-
-¿Por qué?-
-No me gusta recordar mi vida antes de ser Damián-
-¿Por qué?- Damián me miró y suspiró. Sabía que yo insistiría y que quería que me contara sobre él, sobre su vida y sobre todo lo que había pasado antes de ser quien era.
-¿De verdad quieres que te lo diga?- Asentí y sonrió. No sé por qué. – Perdí a mi familia muy pequeño y me llevaron a un orfanato. Descubrí mi necesidad por la sangre a los diez u once años, cuando estaba en la casa de mi nueva familia adoptiva, con los que solo había estado un par de años. Tenían una hija, Dahlie, seis años menor que yo. Nunca supe porqué me habían adoptado a mí si la tenían a ella.
>>Dahlie era hermosa, tenía los ojos, la piel y el cabello color miel, además de una sonrisa que siempre me ponía de buen humor, incluso cuando me sacaba de quicio. Le encantaba usar un pequeño gorro de rayas blancas, rojas y negras que le había dado Daniel, su padre, a los tres años. Siempre estaba detrás de mí y me decía “Neil, ¿qué haces?” o “Neil, llévame contigo”. A veces, cuando era muy tarde y todo estaba oscuro, llegaba a mi cama y se acostaba a mi lado y me abrazaba, cuando le preguntaba qué le pasaba me decía “Mi cuarto estaba oscuro y sabía que tenía que venir contigo”, por alguna razón me encantó que me dijera eso, y cuando pasó la segunda vez la convertí en mi mejor amiga y en mi fiel compañera, si yo me movía ella también lo hacía, y si ella necesitaba algo yo se lo conseguía.
>>El problema fue cuando cumplí los once años. Dahlie me regaló un dibujo, decía que me amaba y que deseaba estar conmigo por siempre. Yo no supe como interpretarlo y simplemente lo escondí. Cuando su madre lo encontró se puso furiosa y dijo que yo le hacía daño a su hija. Quiso convencer a Daniel de que me devolviera al orfanato, pero él no aceptó. Ella nunca aceptó que ella durmiera conmigo y que siguiera detrás de mí como siempre lo hacía. Una noche Dahlie prácticamente me forzó a entrar en su habitación a jugar con ella y lo hice. Su madre nos vio e hizo el más grande alboroto posible. Esa noche perdí el control… Entré a la habitación de Dahlie y…
Vi como una lágrima brotaba de sus ojos negros. Hablaba con dificultad y se le dificultaba la respiración. No quise forzarlo a que siguiera hablando. Yo ya lo sabía.
Me parecía horrible que un niño de once años haya violado a su hermanita de cinco y que luego de eso haya bebido de su sangre hasta matarla. Sólo por vengarse de una mujer que no era su madre.
-Lo lamento Damián-
Me sonrió y fijó la mirada en el piso. Estaba tan indefenso que incluso yo podía leer todo lo que pasaba por su cabeza. Repetía la escena una y otra vez, recordando las lágrimas de su hermanita correr por sus mejillas al intentar no gritar o hacer ningún ruido. Pues, al final, eso era lo que ella estaba buscando inconscientemente. Y, además, sabía muy bien que su fin se acercaba. Nada ganaba con gritar.

Por un segundo temí por Ona, temí por Beth y de último temí por mi, pero sólo porque jamás me lo perdonaría si yo no lo evitara.
-Tranquila Sam, jamás le haría nada a tu hermanita- Quise refutárselo pero no fui capaz, el rio y fijó de nuevo la mirada en el suelo – A veces la recuerdo y no hago más que culpar a su madre, quizás, sino hubiera…-
-Yo creo que hubiera pasado tarde o temprano, quizá no así, pero hubiera pasado-
Se levantó, apretó los puños y caminó hacia la calle.
-Neil yo…- Se detuvo y me miró. Me pareció curioso que su rostro no demostraba ni furia ni arrepentimiento- Lo lamento Damián, no sé porque dije eso-
-Tienes razón- Dijo, aun sin inmutarse. Y se fue.
Suspiré y entré a la casa. Donde Bethanny me esperaba.
-¿Qué fue todo eso?-
-¿Por qué no pudiste esperar a que termináramos de hablar?-
-Lo lamento, no sabía que se daría cuenta…-
La miré con cara de pocos amigos y entré a la cocina, revisé la heladera y vi que había un frasco con helado. La tomé junto con una cucharilla y me senté en el mueble de la sala, esperando a que Bethanny me siguiera.
Se sentó a mi lado y me acomodé para tenerla al frente, ella hizo lo mismo.
-¿Qué tanto escuchaste?-
-Nada, nada importante- Suspiré y supe que decía la verdad. Cerré los ojos y me limité a saborear el helado en mi paladar- Samantha, no me gusta él-
-Lo sé- Lo dije antes de pensarlo, tenía un concepto de Bethanny bastante cerrado. Siempre pensaba que Bethanny se interesaba sólo por las mujeres, pero no era así. Lo pensé por un segundo, abrí los ojos y la miré- ¿Por qué debería gustarte?-
-No hablo de eso Samantha, me refiero a que me da mala espina-
-¿Y Charlotte qué? Son mi madre y su mascota Beth, no hay nada que yo pueda hacer-
-No los dejes quedarse Samantha, por favor-
-No puedo Beth, aunque quisiera no puedo… Siento y sé que mi madre lamente habernos dejado, aunque también sé que nos esconden algo-
-¡Es obvio que esconden algo Samantha! ¿No es lógico?-
-Mmmm… Ni tanto-

viernes 11 de noviembre de 2011

Capítulo 15 - Ruinas Parte 2

-¿Q

ué estás buscando?-

La mano de Damián sobre la mía me quemaba al punto que sentía que mi sangre hervía. Literalmente.

Pensé en soltarla pero estaba desesperándome. La risa de aquella niña me llamaba y yo no podía hacer más que correr llevándome conmigo a Damián arrastrado.

-¡Samantha!-

Yo no lo escuchaba, corría en dirección a aquella niña, que me llamaba y me gritaba que corriera hacia ella.

Corrí a la derecha, luego dos calles al frente para doblar a la izquierda y luego a la derecha. Me quedé paralizada y apreté la mano de Damián, que me quemó aún más.

Al fondo de la calle, justo enfrente de mí, y escondida entre las sombras estaba una gran casa que quizá no merecía ser llamada casa.

Estaba rodeada de unos grandes jardines con la grama a grandes alturas. La casa era de tres pisos con la estructura disminuida de una mansión, era hermosa, imponente y de una presencia macabra y siniestra, o al menos alguna vez debió haberlo sido, pues estaba totalmente en ruinas.

Parecía haber sido víctima de un gran incendio o un terremoto excesivamente potente.

Tenía las ventanas y puertas destrozadas, casi no habían paredes pues se habían abierto paso hasta abajo y caído casi en su totalidad, los pocos fragmentos de pared que quedaban eran blancos pero estaban sucios y envejecidos. La estructura se basaba prácticamente en las columnas y la grama y hierbajos habían escalado hasta llegar al tercer piso y recubrían pisos y paredes de la gran mansión.

Era hermosa.

Sí, hermosa. Siempre me encantaron las casas así, en ruinas. Me encantaba la vibra tan turbia que desprendían de sí, lo solitarias y vacías que se veían me recordaban a mí, a lo vacía que me sentí cuando perdí a mis bebés.

La risa volvió y me hizo levantar la vista a una de las ventanas del ático. Pude ver la sombra de una niña luchando por asomarse por la ventana para luego agacharse y esconderse y reír inocentemente.

Solté la mano de Damián y me acerqué a la casa, alzando las piernas para poder abrirme paso entre la grama.

-¿A dónde crees que vas?-

-¡Shh!-

-Samantha…-

-Si vas a estar aquí, quédate callado-

Continué caminando hasta que llegué a la puerta. Un olor a putrefacción llegó hasta mi cabeza, mareándome. Pasé dos dedos por la madera roída de la puerta, que al momento se impregnaron de tierra y polvo.

Abrí la puerta de la izquierda y me sobresalté un poco al escucharla crujir. Entré lentamente y sentí como Damián caminaba tras de mí con el mismo sigilo.

Escuché pasos en el ático y luego la risa de nuevo.

La casa era hermosa. O se notaba que lo había sido hacía muchísimo tiempo.

Entorné los ojos y vi una gran estancia. Habían muebles roídos y las paredes tenían el tapiz totalmente quemado, el piso estaba negro y lleno de polvo. Habían figurillas de cristal rotas y una gran araña de cristal colgando del techo, aunque parecía que podía caer en cualquier momento. Habían pasillos interminables por todos lados y puertas rotas y quemadas en cada esquina.

Subí por la gran escalera haciendo el menor ruido posible con Damián tras de mí. Podía oírlo susurrar <<Esto es una locura>> Una y otra vez, pero lo ignoraba.

La niña cantaba suavemente una tonada que me parecía demasiado conocida. Paró por un segundo y lanzó una gran carcajada y siguió cantando.

Me sobresalté y apreté el paso. Corrí por un pasillo lleno de puertas, paredes y cuadros quemados y tirados en el piso hasta que llegué hasta otra inmensa escalera de madera quemada.

Puse el pie en el primer escalón y lo probé. Volteé a mirar a Damián y lo único que hizo fue negar con la cabeza, afirmando que ya todo esto era una locura.

Puse las manos en los pasamanos y vi que estaban más firmes que los escalones así que subí poniendo más peso en mis manos que en mis pies para no romper ningún escalón y caer sabrá Dios que tan abajo.

La siguiente serie de escalones no estaba tan quemada así que opté por subir corriendo intentando no hacer ruido ya que el eco era impresionantemente abrumador.

-Samantha por Dios esto es una pérdida de tiempo- Dijo casi en un susurro.

-Puedes irte si quieres-

Resopló y reí en mis adentros pues sabía muy bien que no iba a dejarme sola ahí.

-¿Quieres jugar? Ven, no tengas miedo- La voz se escuchaba demasiado cerca para provenir del ático, pero de allí venía.

Me asusté, lo admito. Pero sabía que debía llegar hasta allá arriba y verla con mis propios ojos.

Sabía quién era, lo sabía, lo sentía en mi alma. Pero era imposible. Era totalmente imposible.

Cerré los ojos y puse mi mano en la pared a mi derecha, más por instinto que por otra cosa. Sentí las paredes, sentí su dolor, sentí el fuego y el calor. Sentí por todo lo que había pasado y el dolor que habían sentido todas las personas que habían fallecido ahí.

Abrí los ojos y corrí por el pasillo de la derecha. Abrí una de las tantas puertas y me quedé sin aliento.

Una cuna inmensa que una vez había sido rosada estaba en el fondo de la habitación, justo al lado de unas ventanas. Habían juguetes quemados por todos lados, cómodas y un gran armario empotrado en la pared con miles de divisiones con puertitas de madera que se habían pegado al cemento por el fuego.

En la pared de la izquierda había un cuadro inmenso, cuya mitad había sido totalmente devorada por el fuego y la pintura se había caído y ennegrecido. Pero se podía ver que una vez había sido el retrato de una niña de unos tres años con el cabello rubio y unos vibrantes e inocentes ojos del mismo grises. Lo único que se distinguía era eso, su cabello y sus ojos. Pero por lo que podía ver, la niña no sonreía.

Lo toqué con mi dedo y sentí que aún estaba ardiendo. Como si el cuadro en sí irradiara calor, odio. Y un siniestro y abrumador temor hacia algo. Algo que estaba cerca.

Justo delante del cuadro había una cortina rosa de distintos tonos casi totalmente roída por el fuego, ocultaba una puerta de madera blanca. Estornudé. El polvo hacía el aire muy pesado y me costaba respirar.

-Dios- Damián se había quedado embelesado con la pintura. Me miró con miedo y tristeza- Algo horrible debió haber pasado aquí-

Las perillas de las puertas las habían atado entre sí con alambres, como para que no pudieran abrirlas. Y la madera estaba casi intacta, como si sólo les hubiera afectado el tiempo y el polvo.

Hice además de quitar los alambres, pues esas eran las puertas que daban al ático.

Me parecía curioso que de tantas habitaciones en la casa, pusieran a la bebé a dormir en la que daba al ático.

-¿Qué crees que haces?-

-Tengo que subir-

-No, no tienes que-

La niña en el ático habló de nuevo. Como para decirnos que teníamos que subir.

-Tengo que ver si es ella-

-¿Quién?-

Ignoré su pregunta y abrí las puertas. Me estremecí.

Aquellas escaleras daban un miedo realmente escalofriante. Ya no había nada quemado, todo lo que estaba destruido había sido casi adrede y por causa del tiempo y el polvo.

Parecía que alguien hubiera entrado con un martillo a destruir las escaleras, pero aún así estaban más firmes que las del segundo piso.

-¿Qué demonios pasó aquí?-

Subí las escaleras sin hacer ruido. Ahora tenía mucho miedo.

Una vez en el ático vi que no era tan grande. También allí habían habitaciones, pero no había casi nada en ésta. Sólo polvo, oscuridad. Y una niña.

La niña tenía unos cuatro años. El cabello le llegaba a la cintura y tenía un lacito rosa en la cabeza y un adorable vestido del mismo color.

<<“Brilla, brilla dulce estrella, y jamás dejes de brillar, camina hacia donde haya viento para que siempre puedas respirar…Brilla, brilla dulce estrella, y jamás dejes de brillar, baila con la música del cielo, baila con el velo del mar…”>>

…Era la canción que mi madre nos cantaba a nosotras, y que yo le había cantado a mis hijos…

La niña dejó de cantar, me miró y sonrió, como si me hubiera estado esperando.

-¿Qué es esto?- Susurró Damián más para sí que para nosotras.

-Dios santo- Rompí a llorar y me lancé al piso. La niña frunció el ceño y apretó los labios, para luego correr hacia mí y agacharse para levantarme el rostro y hacerme mirarla.

-Mami, mami ¿por qué lloras? ¡Mira!, estoy bien. Mi hermanito está bien, ¿lo ves?- Señaló una de las esquinas de la habitación y vi a un pequeño niño sentado en el piso, cubierto por la oscuridad, abrazándose las piernas.

-Mírame mami estoy bien. Mírame, estoy bien…-

-…Saria…-

Capítulo 15 - Ruinas


Parte 1

Enero 2017.

Se hicieron las tres de la tarde, y mi madre buscaba cualquier momento para hablar conmigo, decía que tenía muchísimas cosas que contarme, pero yo no quería escucharla.

Cerca de las cinco, Onasis estaba dormida, mi madre y Damián hablaban con Bethanny mientras yo estaba sentada en el umbral de la puerta de mi casa, esperando a que llegara Cameron.

-¿Siempre lo espera así?- Preguntó mi madre a Bethanny, intentando susurrar.

-No, hoy es…diferente-

No entendí por qué mi madre preguntaba eso a Bethanny, sabía muy bien la razón de absolutamente todo. Podía leerlo en sus recuerdos.

Mi madre lo sabía todo sobre mí. Apreté los ojos.

Finalmente, el auto de Cameron llegó, aparcó frente a mí y sentí como los ojos me brillaban de felicidad.

Cameron salió del auto con los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja. Una oleada de culpabilidad me carcomió de adentro hacia afuera.

-¡Sam!- Corrí hacia él con lágrimas en los ojos y lo abracé, hundiendo mi rostro en su cuello. Respirando su suave olor a vainilla. –Samantha, ¿qué pasa?-

Me alejé un poco y lo miré, sus ojos estaban totalmente abiertos y miraban hacia la puerta de la casa, con los labios semi-abiertos.

Volteé y vi a mi madre parada en la puerta, con una sonrisa incompleta, viendo como Cameron y yo nos abrazábamos.

Cameron me miró, como esperando una explicación. El problema era que ni yo tenía una explicación.

-¿Qué demonios?- Fue lo primero que dijo él. Expresando su sorpresa como yo hubiera querido expresarla -¿De dónde demonios salió ella?- Apretó los ojos por un segundo y recobró la compostura.

Me tomó por el brazo y me puso detrás de él, como protegiéndome. Caminó con la frente erguida y se postró frente a mi madre, sonrió débilmente e hizo una pequeña reverencia con la cabeza.

-Nadinne- Dijo. Mostrándole respeto y dándole a entender que sabía exactamente quién era. Aunque ella ya lo sabía.

-Cameron. Me alegra verte. Aunque mi nombre es ahora Charlie-

Me escondí tras los brazos de Cameron, que me abrazaban.

-¿Charlie?- Ella asintió. -¿Tú no estabas…?- Me sorprendió escuchar que no la trataba con “usted” pero me alegró, así ella sabía que no merecía semejante tratamiento.

-No Cameron, no lo estaba, no lo estoy-

-¿Qué viniste a hacer?-

-Quería ver a mis hijas-

-¿Y Ona?- Ella asintió, diciéndole que Onasis ya sabía de su existencia.

-Ya lo sabe Cam, pero no pareció afectada…en lo más mínimo- Dije yo casi que en un susurro.

-Genial, ¿Cuánto piensas quedarte?-

-No lo sé- Cameron asintió una vez.

-Cam, necesito hablarte- Lo tomé de la mano y me lo llevé a caminar, a donde mi madre no pudiera escucharme.

-¿Cuándo llegó?- Preguntó cuándo le dije que ya era seguro hablar. Suspiré.

-No lo sé-

-¿No lo sabes?-

-Cameron, de esto vengo a hablarte- Me detuve y me planté frente a él, esperando que me entendiera y no se enfureciera – No sé dónde estabas ayer, no sé dónde pasaste la noche. Pero yo… Yo me fui con Onasis y Bethanny a casa de Eibhlin-

-¿Y qué debe preocuparme?- No sabía cómo decírselo, no podía, simplemente no podía.

Me senté en la acera con la cabeza entre las manos y lo miré directamente a los ojos, esperando que pudiera leer en ellos lo que yo no era capaz de decirle con palabras. El suspiró luego de unos segundos y se sentó junto a mí.

-Lo sé- Tomó mi mano y jugueteó con mis dedos- Sé que te fuiste con ella y sé que no pensabas volver en varios días, quizá meses. Leí la carta Samantha, pero te conozco- Hizo una pequeña pausa y continuó- Llegué ayer en la tarde y no te vi por ningún lugar. Lo primero que pensé fue que me habías abandonado, de nuevo. Cuando vi la carta en la almohada y la leí, supe que no tardarías en volver, y también sabía lo que ibas a hacer con Bethanny. Llamé a Alexis y me dijo dónde estabas. Yo sabía dónde estabas Sam, sabía con quién estabas, sabía lo que estabas haciendo y sabía cuándo volverías-

>>No fui capaz de dormir anoche en casa porque no era capaz de estar en nuestro lecho con el lado de tu cama totalmente vacío. Si te soy sincero. No hacía nada más que pensar que estabas con Bethanny y que sabía que ella buscaría la manera de aprovecharse de ti y conseguir todo lo que desea desde que te conoció. Pero no molestó. Porque te conozco cariño, se quién eres y se lo que quieres, incluso más que tú. Y cuando me casé contigo conociendo tu historia con Bethanny, sabía que este tipo de cosas vendrían en el paquete, y lo acepté Sam. Porque te amo. Y porque te amo yo sería capaz de soportar cualquier cosa viniendo de ti Samantha, lo sabes. Pero no creas que no me duele.

Las lágrimas corrían por mis mejillas. No sabía qué hacer, había colapsado. Todo lo que podía pensar era que yo era la mujer más afortunada del mundo por tenerlo a él junto a mí.

Esa noche no dormí. Me estuve por horas sentada en el umbral de la puerta de mi casa, viendo absolutamente nada, pensando absolutamente nada. Sin darme cuenta de nada de lo que me rodeaba ni de lo que en el piso de arriba pasaba.

Bethanny me había dicho como a las once, que yo necesitaba dormir, y que tenía que subir a la habitación, pero no lo hice. No podía, no tenía cabeza para dormir, no lograba pegar los ojos y mucho menos dejar de pensar.

Podía escuchar que mi madre y Damián estaban despiertos. Hablaban, pero no sabía de qué. Comenzaba a darme sed, pero no me sentía dispuesta a salir. No podía moverme, casi podía respirar.

-¿Piensas quedarte ahí toda la noche?- Damián estaba detrás de mí, con una sonrisa suave y un aire maléfico en la mirada.

-No…No quiero…-

-Creo que te caería bien salir a comer- Dijo, como si se tratara de sushi o pizza. Me guiñó un ojo y salió con mi madre atada a su brazo.

Corrieron rápido y cada uno trepó hasta los techos de las casas en frente de mí. Damián volteó y me invitó a seguirlos mientras mi madre avanzaba más despacio.

Yo dudé, ese no era mi estilo de caza. No confiaba en mis instintos y ni siquiera tenía la ropa adecuada para hacer aquello. Me até el cabello con la cola que tenía en mi muñeca, me levanté y caminé lentamente por la calle.

Vi que Damián ponía mala cara al ver que yo no lo seguía, pero lo ignoré.

Cerré los ojos mientras caminaba y sentí como mi sangre comenzaba a vibrar en mis venas, en crescendo. Gritando lentamente que lo siguiera. Miré hacia arriba y vi que Damián corría lento, mirando de vez en vez hacia atrás.

Suspiré, tomando energía. Corrí lo más rápido que pude y trepé por una pared de ladrillos sin mucha dificultad hasta llegar a Damián. Que me esperaba con los brazos cruzados y una leve sonrisa sarcástica y arrogante que lo hacía ver muy atractivo. Me guiñó un ojo y siguió corriendo conmigo tras él.

Mi madre volteaba a vernos y entrecerraba los ojos.

No corrimos por mucho tiempo, los techos de las casas eran difíciles de saltar y a menudo Damián debía ayudarme. Mi madre silbó suavemente, llamando nuestra atención. Señaló a un grupo de hombres ebrios, bebiendo alcohol en una esquina a tres calles. Damián volteó a verme y yo negué con la cabeza.

Hasta aquí llegaba mi recorrido.

De un salto llegué al piso de nuevo y caminé un poco. Pasando por una de las veredas, donde, dentro de las casas, podías escuchar pocas personas moviéndose.

No se escuchaba nada, nada se movía. Sólo yo.

-¿No es muy tarde para que alguien como tú ande caminando por ahí así?-

Un hombre estaba en la puerta de su casa, con los brazos sobre la reja que nos separaba. Me sonreía con arrogancia y deseo. Era alto y moreno, pero con un aspecto bastante patético.

Me limité a sonreírle y me acerqué a él. Él retrocedió un poco sin quitarme la mirada de encima, miró por un segundo la reja, mientras que por su cabeza pasaba miles de ideas sobre lo que estaba a punto de pasar.

Reí a carcajadas por todas las babosadas en las que pensaba. Él rió conmigo, sin saber porqué.

Abrí la reja y me planté ante él, con una sonrisa macabra y seductora. Me miró de arriba abajo. Me acerqué lentamente a él y podía sentir como se tensaba y se moría por saber que era lo que iba a hacer.

Acerqué mi rostro a su oído y respiré sobre él.

-Buenas noches-

-¿Qué?-

Antes de que pudiera reaccionar. Clavé mis colmillos en su cuello y succioné su sangre, poniendo mi mano en su boca para sofocar sus quejidos y no permitir que se alejara pues con la otra mano, tenía su brazo torcido, para que no me molestara.

Y allí estaba. No hacía más que pensar <<¿Qué es esto?>> <<¿Qué demonios me hace?>> <<¿Por qué no se detiene?>>

Pero yo no hacía más que sentir que absolutamente se sofocaba, disminuía y se volvía polvo.

Mi madre, Cameron, Bethanny, Onasis, Damián. Todo desaparecía.

Sólo estaba yo, bebiendo la sangre de aquel hombre cuyas fuerzas ya había perdido. Él estaba muriendo, yo lo estaba matando.

Una ola de repugnancia abatió mi cuerpo y lo solté de golpe, dejando caer su cuerpo inerte en el piso. Me puse las manos en la frente.

¿Qué demonios me pasa?

Tenía sed, tenía muchísima sed. Pero no podía matarlo, no debía matarlo. Y no pensaba hacerlo.

-Niña- La voz de mi madre soltó detrás de mí. Pude ver que una pequeña gota de sangre se asomaba por la comisura de su boca. Se la lamió y me miró con unos ojos llenos de arrogancia y un poco de cinismo.

Esa no era mi madre.

-¿Qué?- Pregunté, como si hubiera más palabras en mi boca que yo era incapaz de pronunciar.

Mi madre se paraba de una forma autoritaria, con los brazos cruzados y poniendo todo su peso sobre una sola pierna. Detrás de ella, Damián también tenía los brazos cruzados y la frente en alto, pero me miraba con más curiosidad que desdén.

-Nunca quedarás satisfecha si él no muere-

Antes de que pudiera responder, mi madre caminó hacia mí de una manera que jamás la había visto caminar. Se postró delante del cuerpo del hombre. Se agachó y lamió la pequeña gota de sangre que se había escapado de la cicatriz en su cuello. Levantó su rostro y de un jalón lo torció hacia un lado.

Dejándolo sin vida.

Sentí como la sangre en mis venas comenzaba a hervir. Ahora el hombre estaba muerto, y su sangre corría dentro de mí. Era el instinto asesino, la sed de sangre y de muerte que me hacía sentirme tan poderosa.

Entendí la razón por la que mi madre se comportaba ahora de aquella manera.

Le había quitado la vida a un hombre. Y se sentía genial.

Y ahora que lo sabía, lo más probable era que yo me convirtiera en toda una máquina asesina, sólo para no volver a sentir que algo me faltaba justo después de beber sangre.

-¿Por qué no lo habías acabado?-

-No me gusta asesinar-

-Tienes que hacerlo-

-No soy quién para acabar con la vida de un hombre sólo por gusto-

Se acercó a mí con firmeza y sujetó mi rostro con su pulgar y dedo índice, me miró directamente a los ojos y pude ver en ellos el color rojo de la sangre fresca que ella acababa de beber.

-Matar es la única salida- Me soltó el rostro y caminó alejándose de mí, como si esperara que Damián la siguiera.

Pero no lo hizo.

-No lo entiendo…- Dije, para mí misma, sin darme cuenta de la presencia de Damián.

-Te apoyo, pero tiene razón-

-¿Por qué no te has ido?-

-¿Tengo que hacerlo?- Me encogí de hombros y me agaché junto al cuerpo del hombre.

Puse mi mano en su nuca, levantando su rostro y lo miré. El no merecía morir. Hice ademán de cargarlo y Damián apareció a mi lado y lo cargó sobre su hombro, lo puso sobre la silla del fondo del patio y lo acomodó de modo que pareciera que había sufrido un infarto.

Aunque se veía a leguas que no era eso lo que había pasado.

Le sonreí dándole las gracias y comencé a caminar, él me siguió el paso, manteniendo el silencio por unos infinitos minutos.

-¿Qué hay entre tú y mi madre?- Pregunté sin rodeos. No tenía ganas de irme por las ramas. El rió estruendosamente y me miró.

Sus ojos brillaban con la débil luz de los faros y me sonrió dulcemente.

-No hay nada-

-No me mientas-

-Hubo algo, pero ya no más-

-¡Es mucho mayor que tú!-

-No creo que eso importe-

-¿Cómo se conocieron?-

-Ella me rescató- Alcé una ceja, incrédula, rió y continuó hablando- Huí de mi casa… Me echaron, por lo que soy… Estuve vagando por mucho tiempo y tu madre me rescató-

-Todo un ángel-

Volvió a reír. No sé porque le hacía reír tanto todo lo que yo decía.

-¿Qué hay entre tú y tu amiga?-

-¿Qué?-

La pregunta me llegó tan rápida y bruscamente que no pude hacer más que quedarme con la boca abierta de la sorpresa.

-¿Qué hay entre tú y tu amiga?-

-¿Te importa?-

-Te hablé de Charlie y yo, creo que deberías decirme-

-No hay nada-

-¿En serio?-

-Sí-

Me miró directamente a los ojos, su mirada se volvió algo fría y dejó de sonreírme por un momento.

-No me puedes mentir Samantha- Por un momento sentí como si lo conociera de toda la vida. Sentía como si supiera y conociera mi vida entera. Y no me gustaba.

-¿Y qué sabes tú?- Dije, a la defensiva.

Se acercó hacia mí con la frente levantada, hasta el punto en que su frente quedó casi totalmente pegada a la mía. Tomo mi barbilla entre sus dedos de una manera delicada me miró directamente a los ojos, uno a uno, como si intentara ver dentro de ellos algo que no se puede ver a simple vista.

-La amas. Se te ve desde lejos-

-Entonces no tenías que acercarte tanto- Puse mi mano en su hombro y lo obligué a alejarse de mí.

Su olor a perfume me embriagaba, además de la sangre fresca que aún ardía en mi garganta. Me sentía demasiado cerca de él, y no me gustaba que tuviera tanto interés en mí.

Miró su reloj de pulsera y luego a mí.

-No has dormido en toda la noche, quizá debamos irnos ya-

Lo miré de arriba abajo. ¿Qué estaba haciendo él aquí, conmigo, en una vereda desierta a mitad de la noche?

Miré a mi alrededor y me di cuenta de que no estábamos solos. Mi madre apareció en la esquina, nos miró por un segundo y siguió su camino, dejándonos cargados de su odio.

-¿Cuál es su problema?- Pregunté, algo irónico ya que sabía muy bien cuál era su problema.

-Cambia cuando bebe sangre-

-¿Siempre es así?-

-No, a veces sólo quiere…-

-¿Qué?-

-Nada-

Escuché dentro de mi cabeza la risa de una niña, una niña pequeña, parecida a la de Ona pero más aguda, más infantil. Más conocida.

-¿Qué es eso?-

-¿Qué es qué?-

La risa seguía, se volvía gritos y a veces se apagaba. Comenzaba a escucharla, como si viniera de algún lugar lejos, pero no lo suficiente como para que mis oídos no lo escucharan.

Tomé la mano de Damián por instinto, para estar segura de que me seguiría y que estaría conmigo. Hasta que nuestras manos se rozaron y sentí como si me hubieran puesto un encendedor en la palma de la mano. Reaccioné y lo miré.

El me miró, tomó mi mano y entrelazó nuestros dedos.

La risa continuaba.