
Enero
-Sam, ¡Sam!-
Abrí los ojos, estaba acostada sobre un duro, áspero y frío. Sentía el rostro caliente, como si me asfixiara o tuviera un encendedor en la mejilla.
-Sam, estás bien, vamos despierta-
Entorné los ojos, Damián tenía su mano en mi mejilla. Me levanté y sentí como mi rostro volvía a tener su temperatura normal.
Estábamos afuera de la casa en ruinas. Damián me ayudó a levantarme y recordé todo lo que había pasado.
-¡Saria! ¡Damián, era mi hija! ¡Esa era mi hija!-
-Lo sé Samantha-
-Ella está muerta Damián, ¡Ella no nació!- el suspiró, como si no tuviera respuesta a aquello -¿Dónde está? ¿Qué pasó?-
-Te desmayaste, fui a ayudarte y ambos desaparecieron-
-Ambos. ¡Adrián! Damián, mis hijos están vivos-
-¡Tus hijos no nacieron! ¡Y esa niña tenía cuatro años Samantha, tu perdiste a tu hija el año pasado!-
-Ellos están vivos Damián. Yo los vi, tú los viste-
-No tienes la certeza de que ellos eran tus hijos-
-Una madre reconoce a sus hijos así nunca los haya visto Damián-
Miré la casa. La ventana en la que había visto a mi hija estaba ahora vacía. No había nadie, ya no escuchaba nada.
-La viste, ¿verdad? No fue un sueño, tú la viste. A ambos-
-Sí- Dijo, suspirando.
Me planté delante de aquella inmensa y ahora vacía casa. ¿Qué había pasado? ¿Quién era esa niña? ¿Era realmente mi Saria?
Yo no podía estar volviéndome loca, no podía. Damián los había visto, y esa era la misma niña que yo había visto en mis sueños cuando perdí a Adrián.
Allí no había nadie, lo sabía. En aquella casa solo quedaban los fantasmas de aquellas personas.
Una idea loca me llegó a la cabeza. ¿Y si lo que habíamos visto no era más que una coincidencia? ¿Y si no eran mis hijos sino los fantasmas de los que vivieron en aquella casa?
Reí para mis adentros. El simple hecho de pensar en fantasmas me hacía sentirme ridícula. Pero lo que yo era y lo que habíamos visto me hacía pensar que cualquier cosa era válida. Incluso los fantasmas.
Caminé hasta la puerta, decidida a investigar y levantar cada gramo de polvo que me indicara si esos niños habían vivido allí alguna vez. Estaba dispuesta a quedarme el resto de la noche y todo el día si era necesario para encontrar alguna señal sobre aquellos niños.
Pero, la niña de aquel cuadro tenía los ojos grises y el cabello dorado. Para tener semejantes rasgos, sus padres tenían que ser rubios. Y, para que sus padres fueran rubios, su familia tenía que ser rubia. Era casi imposible que en esa familia hubieran niños como los que había visto en aquel ático.
Subí la mirada forzando un poco mi cuello. Puse la mano en la puerta y cerré los ojos.
Esos eran mis hijos. Yo lo sabía.
-¿Piensas volver a entrar?- Preguntó Damián. Él sabía que yo no tenía la intención de hacerlo así que no se preocupaba.
-No- Negué con la cabeza rápido- Esos eran mis hijos. No necesito pruebas-
El suspiró y me hizo un gesto con la cabeza para que nos fuéramos. Asentí. Era tarde, muy tarde.
Miré a mi alrededor y fue cuando me percaté de que el sol estaba saliendo. Caminé un poco y me senté a la sombra de una de las casas frente al alba. Damián hizo un gesto reprobatorio pero luego se sentó junto a mí. Estiró una pierna y sacó de su bolsillo un paquete de cigarros, encendió uno y me ofreció el otro. Dudé y me negué.
Encendió el cigarrillo, lo inhaló y expiró el humo, que entró por mi nariz y me quemó la garganta. Me recosté en la pared y miré como el sol salía lentamente.
El cielo tenía una combinación exquisita de colores desde el azul hasta el anaranjado, haciendo un arcoíris infinito de colores cruzados. Era hermoso.
Siempre había amado el alba, aunque también me hacían sentirme nostálgica y solitaria en momentos como éste. Momentos que me encantaría pasar con Cameron o Bethanny. O mi hermanita.
-¿Cómo lo haces?- Preguntó, interrumpiendo mis pensamientos.
-¿Qué?- Respondí, sin despegar la vista del cielo.
-¿Cómo logras que Cameron no te odie cada vez que te escapas con tu amiga?-
-¿De qué hablas?- Abrí la boca para proferir un millón de palabras incoherentes pero me detuve- Sólo lo hice una vez-
-Y Cameron te perdonó-
Me encogí de hombros. No tenía ánimos para hablar de aquello.
-Tú… ¿Tú sabes quién es el padre de Onasis?- Negó con la cabeza.
-No, no lo conozco. Desde que conocí a Charlotte, pasó mucho tiempo para que me contara por qué había huido de su familia. Al final, me dijo lo que había pasado y que el padre de Ona era su antiguo compañero de caza. Nunca me dijo su nombre-
…Compañero de caza…
-Samantha. Despierta, es tarde- Abrí los ojos. El cielo sobre mí estaba blanco. Muy blanco.
Me levanté y vi que estaba en mi casa, en mi habitación. ¿Cómo había llegado ahí?
-Cameron-
Vi que sus ojos tenían un agridulce color verde brillante. Sentí que había algo que le molestaba y le dolía, pero que le encantaba tenerme a su lado.
Algo en su mirada me hizo querer llorar.
Me lancé sobre él y lo abracé lanzándolo sobre la cama conmigo encima.
-Lo lamento tanto. Te amo, te amo Cameron, no me dejes jamás, no me dejes, por favor, no lo hagas, te amo-
El rió y vi que la luz de la ventana caía sobre su rostro y sus ojos eran grises de nuevo. Me vio a la cara y sonrió.
-Lo sé Samantha- Puso sus manos en mi mejilla y me besó.
Me dejé caer sobre él y me acomodé entre sus brazos y hundí mi rostro en su cuello, inhalando su olor a vainilla. Ese olor que tanto me encantaba.
Me abrazó, apretándome de una manera tan posesiva y cariñosa que me hizo saber que Cameron tenía miedo de perderme, y me perdonaba porque me amaba y no quería que absolutamente nada nos separara. Nada.
Me levanté sobre mis brazos y puse mi mano en su mejilla.
-Cameron- Dije, sentándome, seguida por él –Pasó algo anoche-
El ambiente cambió, él tuvo miedo, miedo de que le dijera que había vuelto a traicionarlo, y me sentí realmente feliz de que eso no hubiera pasado.
-No, no es eso…- Suspiró y alzó las cejas- Salí a… Salí con mi madre y Damián en la madrugada-
Sabía que no le gustaba la presencia de Damián en todo esto, y decidí seguir para que no siguiera pensando erróneamente.
-Estuvimos hablando, luego escuché a una niña riendo, comencé a correr buscando a la niña, Damián me seguía, llegamos a… ¿Recuerdas la casa que se incendió hace unos veinte años y que nadie nunca quiso arreglar ni reclamar? Bueno, llegamos allí y entramos a la casa y vimos un cuadro de una niña y todo estaba destrozado y subimos al ático y vi a una niña y a un niño. ¡Era Saria, Cameron! ¡Eran Saria y Adrián!-
-¿Qué?- Su voz sonó como un chillido. Yo hablaba casi sin respirar y le había soltado lo más importante sin pensar en cómo decírselo -¿De qué estás hablando Sam?-
-En el hospital, cuando perdí a Adrián, los vi a ambos, y Saria me habló y me dijo que ambos estaban bien. Era ella, yo la vi, no hacía más que forzarme a verla y decirme que estaba bien, que ambos estaban bien-
-¿Alguien más la vio?-
-Sí- Él suspiró y apretó los ojos. –Es hermosa- Dije, más para mí que para él.
Me miró, sus ojos brillaban, tristes, yo sabía que él quería haberlos visto y haber estado conmigo.
En un acto reflejo me dejé caer sobre él y apoyé mi cabeza en el hombro de Cameron, mientras él me envolvía con sus brazos y jugaba con mi cabello.
La puerta se abrió y sentí como Cameron se tensaba, pero yo no pensaba moverme, estaba bastante cómoda allí, entre sus brazos.
-¿Sam?- Su dulce voz me hizo sonreír. Mi hermanita estaba despertándose. -¿Estás bien?-
Cargaba entre sus brazos el gran peluche de mariposa y tenía puesta una pequeña bata color rosa que cubría sus brazos y sus piecitos descalzos. Se estrujó los ojos y corrió hacia nosotros. La cargué y la puse entre nosotros, abrazándola.
-Todo está bien Ona, ¿Dormiste bien?- Asintió y me miró, sonriendo.
Sus ojos brillaban y tenía la sonrisa más hermosa que había visto en toda mi vida. Se lanzó sobre mí y puso sus bracitos alrededor de mi cintura, hundiendo su rostro en mi vientre.
-¿Dónde estabas? Vine anoche y no estabas aquí-
-Salí por un rato con Damián y Char… mamá-
-Sam… ¿Ella es mi mamá?- Suspiré y la miré con lágrimas en los ojos.
-Sí Ona, ella es nuestra mamá-
-No Sam, tu eres mi mamá- Dijo eso y hundió su carita en mi estómago, abrazándome más fuerte.
Las lágrimas llegaron a mis ojos y no pude luchar por detenerlas, pero logré sofocar los sollozos. Miré a Cameron, suplicándole que me ayudara, que me dijera qué hacer o que decir.
Yo era la madre de Onasis, siempre lo había sido. Pero también era la madre de Saria y de Adrián, aunque no estuvieran vivos. Además, me dolía que Onasis no aceptara que la mujer que nos escuchaba desde el piso de abajo era su madre, y que me dijera a mí que yo lo era.
-Ona, ven- Cameron la tomó por la cintura, la sentó sobre su regazo y la acomodó para que ambos pudiéramos verla- Mira, la mujer que está allá abajo es tu madre, tu mamá. Samantha no es tu madre, es tu hermana. Char… Nad…- Suspiró- Ella tuvo que irse, pero ya volvió, está aquí, es tu madre y te quiere, y tienes que tratarla como tal-
Ona lo miraba hacia arriba, confundida, pero luchando por digerir la información y tratar de hacer lo que Cameron le pedía. Asintió y me miró a mí. Yo le sonreí y asentí.
Se levantó de un salto y salió dando tumbos de la habitación. Quise sonreír y ser feliz por mi pequeña pero no pude, no cuando la energía de la casa cambió tan bruscamente.
<<“Brilla, brilla dulce estrella, y jamás dejes de brillar, camina hacia donde haya viento para que siempre puedas respirar…”>>
Sentí un gran vacío en mi estómago, como si todo diera vueltas.
La imagen de mi hija frente a mí y de mi Adrián escondido entre las sombras del ático me mareó.
Mi hermanita estaba cantando la canción que tan sólo anoche había escuchado cantando a mi hija. Me sentí extrañada, Onasis nunca cantaba esa canción.
-¿Por…Por qué Onasis está cantando esa canción?-
-Anoche se la canté, tenía pesadillas y vino por ti, cuando no te vio quiso llorar y le dije que se quedara aquí conmigo y le canté esa canción. Te había escuchado cantársela antes así que… ¿Qué pasa?-
-Saria…Yo…-
Quise chillar y patalear como lo harían Genniee o Jessica. Me tiré boca abajo a la cama y comencé a chillar y a pegarle al colchón con los puños. Cameron rió y me sujetó los brazos y besó mi nuca.
-Tranquila. Ven, hay que bajar-
Pero yo tenía sueño, estaba cansada. No por no haber dormido sino por todo lo que había pasado aquella noche.
-Ve tú, no dejes sola a Onasis- Asintió y yo hundí mi cabeza en mis montones de almohadas.
-Tengo que hablarte-
Mi madre habló, pero no sonaba triste ni amenazadora, sonaba como la mujer que solía ser cuando yo aún la consideraba viva.
Todo se iluminó y me vi en el medio de una calle totalmente vacía, era un callejón sin salida. Mi madre estaba parada allí, como si no me viera, como si yo no existiera, mirando hacia una de las esquinas donde la oscuridad prevalecía.
-Hazme el maldito favor de aparecer, Jeff- Me sorprendí de escucharla hablando así, aún no me acostumbraba a su nueva forma de ser.
¿Pero de qué demonios hablo? La mujer que tenía al frente era la hermosa, brillante e inocente madre que yo había tenido alguna vez. Vistiendo colores pasteles, con el cabello largo y suelto, y una hermosa mirada sensible.
Yo estaba viendo a una mujer que había muerto hacía años.
-Hasta que apareciste- Dijo, volviendo a ser la adorable mujer que yo había amado alguna vez.
Me quedé allí parada, esperando a que apareciera el tal Jeff. Pero no pasó nada hasta que desde el borde del edificio sobre nosotras alguien saltó y calló ante ella con la suavidad de un felino.
Me estremecí, yo sabía quién era. Lo sabía muy bien.
-Nadinne- Dijo, expresando una suavidad y una ternura que su rostro no era capaz de transmitir.
Lo miré de arriba a abajo y cuando miré sus ojos ya no pude parar. Era alto, muy alto. Con una contextura gruesa y piel tostada, su sonrisa era desafiante, aterradora y encantadora al mismo tiempo. Miraba a mi madre con el cariño que sólo ella se merecía obtener. Él la amaba.
Mi madre corrió hacia él y se anudó a su cuello mientras él la estrechaba hacia sí con deseo. Vi como una pequeña lágrima se deslizaba por la mejilla de mi madre.
Se podía ver desde lejos que no se habían visto en lo que para ellos era demasiado tiempo.
-¿Dónde habías estado?-
-No había podido venir-
-Te dije que ayer…-
-Lo sé Jeff-
Él suspiró y tomó su rostro entre sus manos, acercándola lo suficiente para besarla.
Caminé indiscretamente hacia ellos y me puse tan cerca que podía sentir sus respiraciones agitadas y sus corazones latiendo al mismo ritmo. Era increíble lo mucho que se amaban y lo fácil que se percibía.
-Jeff- Mi madre se apartó y yo hice lo mismo. –Necesito hablarte-
Sus ojos se llenaron de preocupación mientras que los de mi madre tenían miedo, mucho miedo.
-¿Qué pasa? Háblame, ¿qué pasa Nadinne?-
-Estoy embarazada Jeff-
Un escalofrío recorrió mi cuerpo, pero no por la noticia, sino por la facilidad con la que el rostro de Jeff se mutaba y demostraba un odio, miedo y poco interés como yo jamás habría pensado que sería capaz de sentir.
Alzó una ceja y la miró directamente a los ojos, esperando una respuesta.
-Estoy embarazada Jeff- repitió- Embarazada, ¡Y es tu hija!-
-¿De qué hablas?- Dijo, sin inmutarse.
Ella tomó su mano y la puso sobre su vientre.
-Lo sabes Jeff, sabes que es tu hija, lo sabes-
-No es mío-
-¡Claro que lo es!-
-Pues no sé qué quieres que haga al respecto-
Ella alzó su mano y lo abofeteó con todas sus fuerzas.
-Nada Jeff, no harás nada. Pero es tu hija y lo sabes-
Se dio media vuelta y subió por las escaleras del edificio para correr por el techo y desaparecer de nuestra vista.
Jeff bajó la cabeza y suspiró. Yo sabía muy bien lo que él estaba sintiendo, era tan prohibido como amado. Él la amaba y deseaba estar con ella y con su hija, pero no podía. Ambos sabían que ella jamás dejaría a mi padre por él.
Dio varios pasos hacia atrás, pegando su espalda a la pared, alzó la vista, apretó la mandíbula y formó un puño con su mano, para levantarla y pegarle a los ladrillos, que se fracturaron y cayeron en pequeños granos de arena.
Jeff fijó su mirada en mí, pero no me veía, miraba a través de mí. Por instinto miré sobre mi hombro, pero no había nada.
Estornudé, lo que me sorprendió porque se supone que todo esto era un sueño, ¿no?
Miré a mí alrededor, había humor por todos lados. Mi vista se nubló y no pude ver más.
Desperté y abrí los ojos, no podía ver nada.
-¿Cameron?-
Tosí un par de veces, estaba asfixiada. Podía escuchar un extraño sonido proveniente del piso de abajo. Algo estaba realmente mal.
-¿Cameron? ¡Onasis!-
El humo comenzaba a subir a montones, algo estaba quemándose y no podía conseguir a nadie.
-¡Cameron! ¡Onasis! ¡Mamá! ¡Damián! ¡Bethanny! ¡Alguien!- No podía levantarme de la cama, estaba presa del pánico y me escocían los ojos.
Comencé a llorar de impotencia, suspiré y corrí hasta la habitación de Onasis gritando todos los nombres que me venían a la cabeza.
Nada, no había nadie allí. Corrí a la de Bethanny y tampoco había nada. Recorrí cada habitación de arriba abajo buscando a alguien, quien fuera. Pero no había nadie, me habían dejado sola.
Presa del pánico, comencé a llorar. Gritando el nombre de Cameron una y otra vez. Finalmente decidí bajar, pero las escaleras estaban comenzando a quemarse. Respiré y decidí calmarme. Tenían que estar cerca, no pudieron haberme dejado sola, no, era imposible.
Apreté los ojos y los puños. Tenía que Salir de ahí. Bajé las escaleras que aún quedaban de pie y salté por el barandal para caer en el primer piso.
Totalmente rodeada de fuego.
Las llamas crecían y se movían de un lado a otro destruyendo todo a su paso. Como si nada lo detuviera, como si no le temiera a absolutamente nada.
El sonido, el olor, el color. Era totalmente hermoso. Como crecía justo enfrente de mí, sin percatarse siquiera de mí presencia. Me envolvía la facilidad con la que crecía y se movía, era simplemente hermosa.
Las llamas crecía y justo enfrente moría yo. El humo traía consigo los recuerdos de una vid que no era la mía, como si hubieran miles de cosas que yo aún debería saber, sobre mi madre, sobre mi hermana, sobre su padre, sobre la vida que debía llevar y sobre todo lo que me faltaba por pasar.
-No lo haré-
-Jeff, ¡Por el amor de Dios!-
Mi madre gritaba, histérica, al padre de mi hermana.
Estábamos en mi casa, mi antigua casa. Jeff nos daba la espalda golpeando una y otra vez la mesa de granito con el puño.
-¡No es mi hija!-
Mi madre corrió hacia él y tomó su rostro entre sus manos y los acercó tanto que parecían una sola persona, respirando el mismo aire, llorando las mismas lágrimas, con sus corazones latiendo al mismo ritmo. Extrañándose el uno al otro a pesar de su cercanía.
-Mírame Jeff, no quiero vivir en una mentira. No puedo. Quiero que aceptes que es tu hija y que formes parte de su vida-
-¡No puedo hacerlo! No… No si Steven sigue en tu vida-
Jeff juntó su frente a la de mi madre y sus rostros quedaron unidos.
-Te amo Nadinne- Dijo, apretando los ojos.
Mi tía apareció en la escena, con la mirada sombría y una cara de pocos amigos. Tuve ganas de ponerme a llorar y congelar aquella escena para siempre, sólo para poder verla a ella.
Mi tía, la mujer que me había criado y amado por tanto tiempo. Mi verdadera madre, mi difunta tía.
Rompí a llorar y el recuerdo se debilitó al punto de que casi dejé de verlo todo. Apreté los ojos y me enfoqué en ver qué seguía.
-Jeff, es hora de irte-
-Rachel-
-Rachel espera- Mi madre la miró y le pidió clemencia con la mirada.
-Ya has causado suficiente, tienes que irte, Sam ya está por llegar- Me estremecí.
-Rachel…-
-Nadinne- La voz de Jeff retumbó en la cocina, haciendo eco- Lo haré…-
Volví a la realidad y el fuego casi me consumía, pero no quería moverme, por alguna razón sentía que no pretendía hacerme daño, sino al contrario; pretendía protegerme.
Todo estaba completamente oscuro, mis oídos captaban el sonido de sus respiraciones, suaves y agitadas al mismo tiempo. Estaban allí, ambos, parados en el centro de la habitación mirándola dormir.
-Es hermosa- Dijo Jeff con la voz suave, llena de ternura, mi madre se limitó a suspirar –Desearía… Desearía poder cargarla- Ella lo miró con reproche, pensando <
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Onasis tenía tan sólo unas semana de nacida y dormía en su cuna, sola, inocente y hermosa. Ajena a lo que estaba sucediendo justo frente a ella.
Pensé en la ironía de la situación; en que yo solía decirle a Ona que nuestra madre nos miraba desde la esquina de la habitación. Jamás hubiera pensado que en realidad era así.
-Nadinne yo…-
-Shhh, mira-
Mi madre señalo a Ona con un dedo y ambos volteamos a verla. Me acerqué y pude ver como Onasis se revolvía y suavemente abría los ojos poco a poco para mirar a mi madre con la sonrisa más hermosa.
Ona estiró sus manitos y mi madre, con lágrimas escurriendo, la tomó en brazos y la abrazó como si fuera ese el último abrazo que fuera a darle.
Miró a Jeff y se la dio, Onasis se amoldó fácilmente a sus brazos y cerró los ojitos con la mayor de las ternuras.
Ona estaba con su padre, con su verdadero padre. Y lo sabía.
Las llamas comenzaron a crecer justo en frente de mí y todo se volvió más confuso. Me descubrí a mí misma llorando y supe que eso no me permitía ver.
Frente a mí, decenas de imágenes y voces comenzaron a correr sin compasión bombardeándome. Dejándome a mí todo el trabajo de interpretarlas.
-Jeff, ¡Es mi hija!-
-Ya no puedes volver-
-¡La necesito!-
-Fue tu decisión Nadinne ¡Ya no tienes nada que hacer ahí!-
-La necesito…-
Las escenas se detuvieron bruscamente y me encontré en una calle muy transitada, donde, de un lado, un niño jugaba con sus pies tirado en el piso, estaba sucio y desaliñado, pero me inspiró amor.
Me acerqué y noté lo que realmente hacía, tenía algo en la mano, algo que escondía y protegía. Vi como un líquido rojo brotaba de sus manos y el niño lo bebía.
Era sangre.
Sentí la presencia de alguien detrás de mí, mi madre apareció con una postura autoritaria y voz firme, a pesar de que sus ojos demostraban que seguía siendo esa mujer dulce e increíble que yo había conocido.
-Neil- Dijo, como si lo conociera de toda la vida, aunque yo sabía que no era así.
El niño la miró extrañado, rompiéndose los dedos con las uñas para beber de su propia sangre.
Lo reconocí por su mirada… Era Damián.
-Ven- Se agachó y le tendió la mano, acariciándole los sucios y despeinados cabellos- No tenemos tiempo que perder-
-¿Quién eres?- Su voz sonaba tímida, apenada, como si estuviera acostumbrado a que lo rechazaran y le pareciera extraño que una mujer como mi madre quisiera su compañía.
-Mi nombre es… Charlotte, cariño - Dijo, dudando- Vamos, hoy un lugar a donde debo llevarte…-
El fuego se disipó lentamente, como si hubieran apagado el oxígeno y simplemente no pudiera seguir ardiendo. Sin dejar ni mínimo rastro de su existencia tras él.
Como si nada hubiera pasado.
Me quedé allí, parada en medio de la sala mirando el lugar donde hacía menos de un minuto habían estado llamas ardiendo justo frente a mí.
Todo estaba vacío, como si no hubiera pasado nada. Como si las escaleras no se hubieran destruido o si las vasijas y las estatuillas no se hubieran derretido, como si los espejos no se hubieran manchado o el piso resquebrajado. Todo estaba intacto, como si hubiera sido un sueño.
Sentía que me estaba volviendo loca. ¿Había alucinado? ¿Cómo rayos había visto todo eso? Mi madre, Jeff, Damián, mi tía. Todo era tan confuso…
-¿Samantha? Samantha, ¡Samantha! ¿No me escuchas? ¿Qué rayos te pasa? ¡Tengo veinte minutos gritándote!-
Y ahí fue que caí en cuenta de que Bethanny estaba delante de mí, sacudiendo sus manos frente a mi rostro gritando mi nombre y sacudiéndome por los hombros.
-¿Qué? ¿Ah?-
-¡Rayos Samantha! Creí que tenía que buscar a los refuerzos cariño ¿Qué te pasó?-
-Nada, estoy bien Beth… ¿Dónde está mi madre?-
-No lo sé cariño, pero su amiguito está afuera-
-¿Y Cameron? ¿Dónde está Ona?-
-Salieron a caminar, Onasis quería ir al parque. ¿Segura que estás bien?- Asentí y salí de la casa. Dispuesta a encontrar la verdad detrás de mis alucinaciones.
Miré afuera, Damián estaba sentado en la acera con la vista fija en el camino. Me acerqué a él y no pareció darse cuenta de mi presencia.
-¿Neil?- Se estremeció, como si hubiera visto a un fantasma. Su respiración se detuvo y volteó la cabeza lentamente hasta donde estaba yo, sobresaltándose por mi cercanía. Apretó los ojos, tragando saliva.
-¿Quién…?-
-Es tu nombre… ¿verdad?- Asintió, tenía los ojos como platos y la boca entreabierta. Me senté a su lado y le sonreí con algo de condescendencia.
-¿Cómo sabes mi nombre?-
-No lo sé, desde que llegó Charlotte me han pasado cosas tan extrañas…-
-¿Qué cosas?- Me encogí de hombros y negué con la cabeza, como diciéndole que no quería hablar sobre eso. -¿Por qué le dices Charlotte? ¿No deberías decirle mamá o algo?-
-Charlotte no es mi madre, Neil-
-Por favor, Samantha, no me digas Neil-
-¿Por qué?-
-No me gusta recordar mi vida antes de ser Damián-
-¿Por qué?- Damián me miró y suspiró. Sabía que yo insistiría y que quería que me contara sobre él, sobre su vida y sobre todo lo que había pasado antes de ser quien era.
-¿De verdad quieres que te lo diga?- Asentí y sonrió. No sé por qué. – Perdí a mi familia muy pequeño y me llevaron a un orfanato. Descubrí mi necesidad por la sangre a los diez u once años, cuando estaba en la casa de mi nueva familia adoptiva, con los que solo había estado un par de años. Tenían una hija, Dahlie, seis años menor que yo. Nunca supe porqué me habían adoptado a mí si la tenían a ella.
>>Dahlie era hermosa, tenía los ojos, la piel y el cabello color miel, además de una sonrisa que siempre me ponía de buen humor, incluso cuando me sacaba de quicio. Le encantaba usar un pequeño gorro de rayas blancas, rojas y negras que le había dado Daniel, su padre, a los tres años. Siempre estaba detrás de mí y me decía “Neil, ¿qué haces?” o “Neil, llévame contigo”. A veces, cuando era muy tarde y todo estaba oscuro, llegaba a mi cama y se acostaba a mi lado y me abrazaba, cuando le preguntaba qué le pasaba me decía “Mi cuarto estaba oscuro y sabía que tenía que venir contigo”, por alguna razón me encantó que me dijera eso, y cuando pasó la segunda vez la convertí en mi mejor amiga y en mi fiel compañera, si yo me movía ella también lo hacía, y si ella necesitaba algo yo se lo conseguía.
>>El problema fue cuando cumplí los once años. Dahlie me regaló un dibujo, decía que me amaba y que deseaba estar conmigo por siempre. Yo no supe como interpretarlo y simplemente lo escondí. Cuando su madre lo encontró se puso furiosa y dijo que yo le hacía daño a su hija. Quiso convencer a Daniel de que me devolviera al orfanato, pero él no aceptó. Ella nunca aceptó que ella durmiera conmigo y que siguiera detrás de mí como siempre lo hacía. Una noche Dahlie prácticamente me forzó a entrar en su habitación a jugar con ella y lo hice. Su madre nos vio e hizo el más grande alboroto posible. Esa noche perdí el control… Entré a la habitación de Dahlie y…
Vi como una lágrima brotaba de sus ojos negros. Hablaba con dificultad y se le dificultaba la respiración. No quise forzarlo a que siguiera hablando. Yo ya lo sabía.
Me parecía horrible que un niño de once años haya violado a su hermanita de cinco y que luego de eso haya bebido de su sangre hasta matarla. Sólo por vengarse de una mujer que no era su madre.
-Lo lamento Damián-
Me sonrió y fijó la mirada en el piso. Estaba tan indefenso que incluso yo podía leer todo lo que pasaba por su cabeza. Repetía la escena una y otra vez, recordando las lágrimas de su hermanita correr por sus mejillas al intentar no gritar o hacer ningún ruido. Pues, al final, eso era lo que ella estaba buscando inconscientemente. Y, además, sabía muy bien que su fin se acercaba. Nada ganaba con gritar.
Por un segundo temí por Ona, temí por Beth y de último temí por mi, pero sólo porque jamás me lo perdonaría si yo no lo evitara.
-Tranquila Sam, jamás le haría nada a tu hermanita- Quise refutárselo pero no fui capaz, el rio y fijó de nuevo la mirada en el suelo – A veces la recuerdo y no hago más que culpar a su madre, quizás, sino hubiera…-
-Yo creo que hubiera pasado tarde o temprano, quizá no así, pero hubiera pasado-
Se levantó, apretó los puños y caminó hacia la calle.
-Neil yo…- Se detuvo y me miró. Me pareció curioso que su rostro no demostraba ni furia ni arrepentimiento- Lo lamento Damián, no sé porque dije eso-
-Tienes razón- Dijo, aun sin inmutarse. Y se fue.
Suspiré y entré a la casa. Donde Bethanny me esperaba.
-¿Qué fue todo eso?-
-¿Por qué no pudiste esperar a que termináramos de hablar?-
-Lo lamento, no sabía que se daría cuenta…-
La miré con cara de pocos amigos y entré a la cocina, revisé la heladera y vi que había un frasco con helado. La tomé junto con una cucharilla y me senté en el mueble de la sala, esperando a que Bethanny me siguiera.
Se sentó a mi lado y me acomodé para tenerla al frente, ella hizo lo mismo.
-¿Qué tanto escuchaste?-
-Nada, nada importante- Suspiré y supe que decía la verdad. Cerré los ojos y me limité a saborear el helado en mi paladar- Samantha, no me gusta él-
-Lo sé- Lo dije antes de pensarlo, tenía un concepto de Bethanny bastante cerrado. Siempre pensaba que Bethanny se interesaba sólo por las mujeres, pero no era así. Lo pensé por un segundo, abrí los ojos y la miré- ¿Por qué debería gustarte?-
-No hablo de eso Samantha, me refiero a que me da mala espina-
-¿Y Charlotte qué? Son mi madre y su mascota Beth, no hay nada que yo pueda hacer-
-No los dejes quedarse Samantha, por favor-
-No puedo Beth, aunque quisiera no puedo… Siento y sé que mi madre lamente habernos dejado, aunque también sé que nos esconden algo-
-¡Es obvio que esconden algo Samantha! ¿No es lógico?-
-Mmmm… Ni tanto-